Se aprende en la escuela del garito:
cripto va, cripto viene, cripto lava,
y el gesto de quien nunca ha leído un delito
pero firma con rúbrica de larva.
Pregunta el periodista con su escozor de avispa
y el magnate responde como quien pisa
un charco de ley con suela de visa:
—Yo solo sé que el bolsillo no se eclipsa.
El código es un verso suelto y ajeno,
un estorbo con número y con pena.
No hay artículo que le salga al encuentro
cuando la billetera suena tan plena.
Si el título 18 es una melodía,
él silba otra canción, más rentable,
mientras la democracia se enfría
en una celda que nunca le es aplicable.
Cinco años de cárcel dicta el sentido común,
pero el sentido común no paga la fianza.
La justicia es un trámite inoportuno,
un mosquito zumbando en la panza,
del que ya digirió el erario público
y eructa criptomonedas con desparpajo.
Robar es un desliz de mercado,
estafar es marketing mal comprendido,
mentir es calibrar el relato adecuado
y manipular, un arte consentido.
Todo ocurre a la cara, sin capucha ni cueva,
con el descaro de quien pide otro plato
mientras la plebe, atónita lleva
su asombro al cajero sin arrebato.
Así se escribe el mundo,
con tinta de moneda digital.
El que pilla, pilla; el que no, carpintero
de su propio ataúd electoral.
Brindemos por el rey del algoritmo desnudo,
por su ignorancia blindada y su fortuna,
por este circo donde el más desnudo
es el que se tapa los ojos con la luna.
Imagen con fuente identificada
Traducido con Google (versión gratuita)
@david781211
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