Nunca había hablado con nadie de aquella chiquilla y no creía que todo fuese una simple coincidencia, pero no ocurriendo se le otra cosa qué hacer, intentó consolar al pequeño convenciéndolo (y convenciéndose ella misma) de que todo había sido una pesadilla o una simple "broma" de su imaginación infantil...
Los meses transcurrieron. Todos los días casi iguales. Pero ella no dejaba de pensar (aterrada) en el "regreso" de la niña del fregadero. Tenía mil y una preguntas, quería respuestas. Hasta que un día, de improviso, simplemente llegaron a ella...
Estaba sola en casa, los chicos habían ido a dormir a casa de sus abuelos paternos y su marido trabajaría hasta tarde. Y entonces volvió a verla. En la misma postura, bajo el fregadero. Mas esta vez no sintió terror sino ternura infinita. Se le aproximó despacio, se agachó a su lado y le sonrió. Se observaron largo rato mientra la mujer limpiaba las lágrimas de la chiquilla. La acunó en sus brazos, la besó en ambas mejillas y, sin saber por qué, le dijo: "-Ahora estoy bien, puedes irte ya...".
Cuando horas después su esposo volvió a casa, se extrañó de encontrar a su mujer dormida, hecha casi un ovillo, bajo el fregadero de la cocina. La despertó y entonces ella, echándole los brazos al cuello, le dijo: "-¡Se ha ido!". Y él, sin entender aquella reacción, le preguntó de quién hablaba y ella sólo dijo: "-La niña, la niña del fregadero, la que lloraba conmigo y me abrazaba cuando papá le pegaba a mami, la niña que me hizo olvidar aquella noche fatídica en que mamá me defendió de él cuando quiso lastimarme, la niña que tapó mis ojos y oídos cuando papá entró a la cocina por aquel cuchillo y mamá lo atacó por la espalda con la piedra de moler, la niña que me sostuvo la mano cuando la policía se llevó a mi madre para siempre...".
Él sólo la escuchó, la besó en la frente y el torrente de lágrimas y dolor contenido durante tantos años, emergió desde el fondo de su alma y comenzó a llevarse el pasado de una vez y para siempre.