Soy poeta, feminista y escritora en un país en que disentir se paga con la libertad. No sé hacer otra cosa que escribir. Aquí un fragmento de ciertos dolores
Hay cosas comunes como las cuchillas de afeitar.
Cosas de plástico
con hojas pequeñitas y afiladas,
diseñadas a la perfección para recorrer mis muslos,
para dejarme las rodillas como
un huevo sin cáscara
y amenazarme de muerte.
Cosas que están a punto de cortarme las venas,
que las acarician como si fueran a pincharlas.
La sangre se diluye en el agua jabonosa,
como el placer de orinar en las piscinas.
Todas conocemos del placer de orinar a escondidas en el agua,
soltar el chorro caliente y dispersarnos,
envolver a los desprevenidos en lo que comimos ayer,
en los residuos pasteurizados por nuestros riñones
y devueltos al exterior teñidos de amarillo.
Este cuerpo mío es una paleta de colores y un lienzo que se destruye.
Supe que mis cabellos también son una secreción,
que crecerán incluso después de que me entierren,
que mis uñas crecerán también.
Debo cortarme las uñas,
porque corro el riesgo de arañar alguna espalda,
de amenazar algún vientre como me amenazan estas cuchillas de afeitar.
Tengo el rojo y el amarillo entre las piernas,
el sol y el agua goteando desde mí.
Blanco inédito soy, blanco punteado en algunas regiones, puntos negros sobre lienzo blanco.
Mi cara es una obra puntillista, nací desnuda y con maquillaje como las meretrices.
Una puta me dijo que nadie nace para puta,
le respondí que a veces nadie nace,
que hay que abortar ciertas criaturas,
antes de que afeitarte las piernas sea un lujo
y no existan más las piscinas.
Una abre las piernas en la camilla
y un doctor limpia con la aspiradora los residuos.