En literatura, como en la vida, los verbos son demasiado importantes. Por eso me interesa particularmente el verbo “dañar” en esta pregunta. Porque, evidentemente, un libro es un libro. Una novela es una novela. Es, como mucho, el legado de un escritor, de un ser humano que en un momento determinado quiso escribir algo en función de aquello que pensaba, sostenía, imaginaba, observaba o aquello que simplemente necesitaba expresar. Al final de cuentas somos eso: humanos intentando darle alguna forma a lo que pensamos. Pero más allá de la epistemología, de la metodología o de la eterna especulación sobre por qué un escritor escribe lo que escribe, hay algo que sí me parece importante: algunas obras terminan calando tan profundamente en la manera en que una sociedad se piensa a sí misma que dejan de ser solamente literatura. Y eso me interesa particularmente cuando pienso en Venezuela y en “Doña Bárbara”. No voy a hablar aquí de toda Latinoamérica, porque bastante tenemos los venezolanos con intentar entendernos a nosotros mismos. Me interesa esa idea profundamente venezolana de la persona que no sigue las reglas porque las reglas, antes, le hicieron daño. Y aquí aparece el viejo dilema del huevo y la gallina: ¿seguir las reglas de algo que está mal termina justificando que dejemos de seguir cualquier regla?
Eso es, para mí, parte de lo fascinante y también de lo incómodo de “Doña Bárbara”. Gallegos construyó un universo en el que la fuerza, la arbitrariedad, la violencia, el poder y la capacidad de imponerse sobre los demás tienen un peso enorme. Y lo interesante es que esa lógica no termina simplemente con la desaparición de quien la ejerce. Porque cuando alguien descubre que las reglas no funcionan, puede decidir no obedecerlas. Hasta ahí, incluso puedo entender la rebeldía. El problema comienza después: ¿qué hago con esa libertad? ¿Intento construir otras reglas o simplemente destrozo las existentes y me convierto yo mismo en la regla? Ahí está la trampa. Si me hicieron daño porque obedecí, entonces no obedezco. Si alguien se impuso sobre mí, entonces me impongo sobre otro. Si la autoridad abusó de su poder, entonces concluyo que el poder, cuando finalmente sea mío, también me pertenece sin demasiadas explicaciones. Y así la rebeldía deja de ser una respuesta a la injusticia y comienza a convertirse en una nueva forma de autoridad. Ya no estoy debajo de la pirámide, ni en el medio, ni detrás de nadie. Estoy arriba. Yo no sigo órdenes. Yo soy la orden.
Y aquí es donde vuelvo a Gallegos. Porque buena parte de la genialidad de “Doña Bárbara” está, precisamente, en que escribió sobre una realidad que no era la suya inmediata. Gallegos era caraqueño, pertenecía a un entorno social distinto y convirtió el llano en materia literaria desde la imaginación, la observación y la construcción narrativa. Eso no hace que su novela sea menos válida; al contrario, me parece particularmente interesante que haya podido construir una representación tan poderosa de un espacio y de una idiosincrasia que no eran su experiencia cotidiana. Escribir ciencia ficción puede permitirte inventar un mundo con determinadas reglas; escribir sobre la identidad de un país es otra cosa. Ahí estás tocando comportamientos, relaciones de poder, contradicciones, costumbres y formas de entender la vida. Y precisamente por eso creo que “Doña Bárbara” debió escribirse. Necesitábamos que alguien escribiera sobre eso. Sobre la violencia, sobre el abuso, sobre la arbitrariedad, sobre la fuerza convertida en autoridad y sobre esa tendencia tan humana de responder a una injusticia reproduciéndola. El problema, para mí, no está en que Gallegos lo haya escrito. Está en lo que nosotros hicimos después con aquello que estaba escrito.
Porque quizás nosotros no normalizamos solamente a Doña Bárbara. También normalizamos a Santos Luzardo. Normalizamos la disputa entre ambos, el enfrentamiento entre la barbarie y el orden, entre la imposición y la ley, entre quien toma lo que quiere y quien intenta recuperar un principio de organización. Y, en el proceso, quizá terminamos convirtiendo a esos personajes en algo más que personajes. En una especie de lenguaje para explicar quiénes somos. Ahí es donde una obra puede comenzar a tener consecuencias que su autor probablemente jamás imaginó. No porque nos haya echado un hechizo colectivo, porque eso sería absurdo, sino porque una sociedad puede acostumbrarse tanto a verse representada de determinada manera que termina utilizando esa representación como justificación. “Somos así.” “Aquí siempre ha sido así.” “Si uno no se aviva, lo avivan.” “Si no te impones, te pasan por encima.” Y poco a poco la conducta deja de parecernos un problema y comienza a parecernos parte de la naturaleza. Lo que originalmente podía ser una denuncia termina funcionando como explicación y, peor aún, como excusa.
Por eso no creo que “Doña Bárbara” haya dañado a Venezuela, al menos no en el sentido simple de que una novela produjo una sociedad determinada. Eso sería intelectualmente bastante flojo. Pero sí creo que las sociedades pueden hacerse daño con las historias que eligen para explicarse a sí mismas. Y esa diferencia me importa. Quizás el verdadero problema no fue que Gallegos escribiera sobre Doña Bárbara, sino que nosotros aprendiéramos a reconocerla demasiado bien y a veces hasta a justificarla. Que hayamos entendido la fuerza como carácter, la imposición como autoridad, la viveza como inteligencia y la transgresión como una especie de mérito personal. Tal vez nos faltó aprender la otra parte de la historia: el orden, el trabajo, el sacrificio, el ahorro, el esfuerzo, el valor, el mérito y la responsabilidad de construir algo sin necesidad de destruir primero lo que existe. No para convertir a Santos Luzardo en santo patrono de Venezuela, tampoco. Sino para entender que salir de una regla injusta no significa necesariamente vivir sin reglas. Porque quizá la pregunta más incómoda que deja “Doña Bárbara” no es si una obra puede dañar a una sociedad. Es qué ocurre cuando una sociedad empieza a confundir aquello que una novela quiso mostrar con aquello que ella misma está dispuesta a aceptar.