"Como un ladrón": Mario Benedetti nos muestra lo profundamente manipuladores que podemos ser [ESP]
Este tipo era mucho más que poemas y novelas cursis. Mario Benedetti trabajó durante décadas como oficinista, conoció la rutina y observó a las personas desde una cercanía que no necesitaba convertirlas en personajes extraordinarios. Me interesa pensar en él desde ese lugar, el de alguien que podía detenerse en las conductas más corrientes y encontrar en ellas algo que preferimos no reconocer. En “Como un ladrón”, lo que me interesa examinar es precisamente esa capacidad humana para intervenir en la percepción de los demás, para acomodar una realidad hasta conseguir que alguien crea en ella. No necesito que los personajes sean monstruosos ni que sus acciones respondan a una maldad excepcional. La manipulación me resulta mucho más interesante cuando no necesita presentarse como tal, cuando puede convivir con nuestros afectos, nuestras convicciones y esa imagen razonablemente decente que procuramos conservar de nosotros mismos.
Hay algo incómodo en la facilidad con la que podemos aceptar una explicación cuando necesitamos que sea cierta. La creencia no siempre nace de una evidencia, ni siquiera de una reflexión honesta. A veces nace de la necesidad de sostener una relación, conservar una idea o evitar las consecuencias de reconocer que hemos interpretado mal a alguien. La fe, entendida en este sentido cotidiano, no necesita una iglesia ni una doctrina. Basta con que una persona quiera creer y otra encuentre la manera de aprovechar esa disposición. Ahí es donde la confianza deja de ser un vínculo inocente y se convierte en una oportunidad para quien sabe administrarla. No siempre necesitamos mentir de manera explícita para engañar. Podemos seleccionar lo que contamos, callar lo que nos perjudica, presentar nuestras intenciones bajo una apariencia aceptable y dejar que el otro complete el resto. Después, si las cosas salen mal, siempre queda la posibilidad de responsabilizarlo por haber creído. Me interesa esa forma de evasión porque nos permite participar en el engaño y, al mismo tiempo, fingir que sus consecuencias no nos pertenecen.
Confieso que una de las cosas que más desconfianza me producen de la conducta humana es nuestra habilidad para construir justificaciones después de haber tomado una decisión. Nos gusta pensar que actuamos de acuerdo con principios, que distinguimos entre lo correcto y lo incorrecto y que nuestras convicciones tienen alguna consistencia. Sin embargo, cuando una situación amenaza nuestros intereses, esas certezas pueden volverse bastante flexibles. Encontramos excepciones, reinterpretamos los hechos y modificamos el relato hasta que nuestras acciones parecen menos cuestionables. El problema no consiste únicamente en mentirle a otra persona. También consiste en conseguir que nuestra propia versión de los acontecimientos resulte suficientemente convincente para no tener que examinarnos demasiado. En ese sentido, la manipulación no pertenece exclusivamente a quien engaña de manera deliberada. También encuentra terreno en quien necesita creer, en quien prefiere una explicación cómoda a una verdad incómoda y en quien confunde la intensidad de una convicción con la solidez de sus fundamentos. No son responsabilidades idénticas, desde luego, pero pueden encontrarse en una misma situación y sostenerse mutuamente.
Dicho esto, tampoco me interesa convertir cualquier engaño en una demostración de que los seres humanos somos esencialmente perversos. Esa conclusión sería tan cómoda como las justificaciones que pretendo cuestionar. La conducta humana es bastante más contradictoria. Podemos desconfiar de los demás y, aun así, aceptar aquello que queremos escuchar; podemos reconocer que alguien miente y seguir concediéndole crédito porque admitirlo nos obligaría a revisar nuestras propias decisiones. Incluso podemos descubrir una mentira y terminar defendiendo a quien la construyó, no porque ignoremos los hechos, sino porque ya hemos invertido demasiado en la historia que nos contamos. Lo que me parece revelador de estas situaciones es la facilidad con la que la razón pierde terreno cuando entra en conflicto con nuestras necesidades afectivas o materiales. No dejamos necesariamente de comprender. A veces comprendemos perfectamente y preferimos actuar como si no lo hiciéramos. Esa diferencia importa porque nos devuelve una parte de la responsabilidad que solemos depositar en la ignorancia, en las circunstancias o en la supuesta habilidad extraordinaria de quien nos engañó.
Leer “Como un ladrón” desde esta perspectiva me lleva a una cuestión que va más allá de identificar quién miente y quién cree. Me interesa lo que ocurre cuando la confianza se convierte en un recurso que alguien puede utilizar y cuando la necesidad de creer termina debilitando nuestra disposición a examinar los hechos. Benedetti, en lugar de obligarnos a buscar una explicación extraordinaria para estas conductas, permite que la atención se dirija hacia algo reconocible: las contradicciones con las que convivimos y la facilidad con la que podemos participar en ellas. No necesito atribuirle al cuento una conclusión definitiva sobre la humanidad para encontrar valor en esta lectura. Mi conclusión es más incómoda y menos espectacular. La manipulación no siempre requiere inteligencia excepcional, del mismo modo que ser engañado no demuestra necesariamente falta de inteligencia. Basta con que nuestras expectativas, nuestros intereses y nuestra confianza coincidan con los de alguien dispuesto a utilizarlos. Y quizá por eso conviene desconfiar tanto de las mentiras ajenas como de nuestras propias ganas de creer. No porque toda persona esconda algo terrible, sino porque ninguna convicción debería quedar exenta de examen, especialmente cuando reconocer un error amenaza la historia que hemos elegido contarnos...