Estoy harta de fingir todo el tiempo. De pretender que todo está bien, que no me molesta el ruido intenso e interminable de una ciudad desconsiderada, que puedo soportar las interrupciones constantes, las conversaciones a gritos, las bocinas, las obligaciones que se acumulan y esa sensación de que nunca hay un momento en el que pueda existir sin que algo o alguien reclame mi atención. Estoy harta de hacer como si la hostilidad cotidiana fuera una condición natural de la vida y no una consecuencia de la manera en que hemos aprendido a convivir. Me molesta el ruido, sí, pero también me molesta que tenga que justificar mi cansancio, que la necesidad de tranquilidad parezca un capricho y que estar harta de ciertas cosas se haya convertido en una confesión que una debe hacer en voz baja para no incomodar a quienes están perfectamente acostumbrados a vivir de esa manera.
Me cuesta entender en qué momento empezamos a confundir la capacidad de soportarlo todo con una virtud. Hay algo profundamente absurdo en tener que demostrar constantemente que somos capaces de aguantar situaciones que nos desgastan, personas que nos exasperan y circunstancias que apenas nos permiten pensar con claridad. Uno aprende a responder que está bien porque la respuesta contraria exige explicaciones, porque nadie quiere escuchar una enumeración de las pequeñas miserias que terminan convirtiendo un día cualquiera en una prueba de resistencia. Y tampoco quiero pasarme la vida explicando por qué estoy cansada. No necesito que cada malestar mío se convierta en una conversación sobre resiliencia, crecimiento personal o la importancia de mantener una actitud positiva. A veces estoy cansada porque las cosas son agotadoras. A veces estoy molesta porque hay motivos para estarlo. No todo necesita una moraleja, y no toda experiencia desagradable tiene la obligación de transformarme en una persona más sabia. Hay experiencias que simplemente nos quitan las ganas de seguir participando con entusiasmo en el espectáculo.
Lo que más me irrita de esta época es la insistencia con la que se nos exige administrar nuestras emociones para adaptarnos a entornos que rara vez hacen el esfuerzo de volverse más habitables. Tenemos que aprender a respirar, meditar, relativizar, agradecer, desconectarnos, organizar nuestras prioridades y encontrar nuestro centro mientras el mundo continúa funcionando exactamente de la misma manera. La responsabilidad de conservar la paz recae sobre quien intenta sobrevivir al desorden, nunca sobre quienes contribuyen a producirlo. Si el ruido te abruma, aprende a gestionarlo. Si el trabajo te consume, mejora tus hábitos. Si la sociedad te decepciona, cambia tu perspectiva. Si estás harta, procura no transmitir negatividad. Es una lógica conveniente para todo el mundo, excepto para quien tiene que hacer el esfuerzo. Hemos convertido la serenidad en otra obligación individual, una competencia que debemos desarrollar para no convertirnos en una molestia para los demás. Y yo no sé ustedes, pero a mí me resulta agotador pensar que incluso el descanso tiene que aprenderse, practicarse y optimizarse para que podamos regresar al día siguiente y seguir tolerando lo mismo.
Quizá por eso extraño algo que ni siquiera sé si alguna vez llegué a conocer del todo: la posibilidad de estar tranquila sin tener que producir esa tranquilidad deliberadamente. Leer sin interrupciones, caminar sin sentir que debo llegar a alguna parte, escuchar mis propios pensamientos sin que sean atropellados por el estruendo de la calle, sentarme durante un rato sin convertir ese tiempo en una oportunidad para resolver pendientes. Me gustaría recuperar esa clase de silencio que no depende exclusivamente de cerrar una ventana, apagar un teléfono o convencerme de que nada importa demasiado. Porque no siempre es posible escapar del entorno, y tampoco debería ser necesario retirarse del mundo para encontrar un poco de sosiego. Me parece triste que algo tan elemental se haya vuelto tan difícil de conseguir. Hay días en los que no quiero ser comprensiva, productiva, tolerante ni especialmente amable. Quiero que me dejen en paz. Quiero poder reconocer que hay cosas que me disgustan sin tener que envolver mi opinión en una explicación diplomática. Quiero dejar de fingir que tengo una disposición infinita para comprenderlo todo, especialmente cuando esa comprensión parece exigirme que ignore mis propios límites. No creo que eso me convierta en una persona extraordinariamente lúcida, pero tampoco considero que me convierta en alguien despreciable.
Sí, estoy siendo nefasta y nihilista, como ya confesé. A estas alturas estoy harta de esa representación permanente de la normalidad, de la obligación de parecer razonable incluso cuando la realidad resulta absurda, de tener que suavizar cada opinión para que nadie confunda la honestidad con una agresión. No estoy interesada en convertir este hartazgo en una declaración de superioridad moral ni en fingir que mi descontento me permite ver cosas que los demás son incapaces de comprender. También puedo equivocarme, ser injusta y tener días en los que mi percepción de todo está contaminada por el cansancio. Lo que no quiero es vivir disculpándome anticipadamente por tener una opinión incómoda. Si escribir con honestidad también es motivo de cancelación, qué así sea. No voy a fingir entusiasmo por una realidad que muchas veces me resulta insoportable ni a fabricar una versión amable de mis pensamientos para facilitarle la digestión a los demás. Quizá el arte perdido de fabricar serenidad consista precisamente en dejar de confundir la paz con la complacencia. No tengo una fórmula para recuperar la tranquilidad, ni una conclusión edificante que ofrecerles. Por ahora, me basta con admitir que estoy cansada, que hay cosas que no soporto y que no siempre quiero encontrarles el lado bueno. Me gustaría vivir en un mundo menos hostil, pero mientras eso no ocurra, al menos quisiera conservar el derecho a decir que lo es sin que alguien venga a explicarme cómo debería sentirme al respecto.