Fantasmas...
La niña señalaba con risueña insistencia la silla de mimbre, entre tanto, Julia permanecía inmóvil ansiando encontrar con su mirada a ese alguien con quien su hija se empeñaba en hablar todas las tardes. Su deseo fue nuevamente inútil, volvió a tropezarse con el ya conocido vacío del asiento. Supuso a su pequeña hija presa de alucinaciones y al mismo tiempo recordó como hacía tres semanas había consultado a un brujo buscando respuesta a las frecuentes ausencias de su esposo. Ese día el adivino confirmó lo ya sabido: la presencia de otra mujer en la vida de David. Le aseguró que si ella buscaba “tierra de muerto” y la esparcía alrededor de la casa de la intrusa, el alma perteneciente a las cenizas profanadas se encargaría de espantarla y regresarla a su pueblo natal. Y como mujer preparada para hacer cualquier cosa para mantener un hombre a su lado, derrotó sus escrúpulos e invadió el camposanto hurtando un poco de tierra. A su mente vino la imagen del momento en que, temerosa, con la pequeña caja de fósforos que contenía el valioso polvo confinada en sus manos, se apresuró en deshacerse de ella ocultándola en el techo de su pequeña casa, donde permaneció hasta que la única lluvia en los pasados diez años se encargó de derramarla por todo el callejón. Supuso al espanto que le traería a su marido de vuelta etéreamente ocupando la silla y acompañando a su pequeña hija en sus tiernos soliloquios. Una resignada sonrisa apareció en su rostro. Decidió quedarse tranquila viendo a su hija hablarle a la nada con el mayor de los respetos y admiración. Resolvió que, ya fuese desde una alucinación o un fantasma, su hija tuviese el beneficio de una compañía paterna. Sabía que ella, desde ese momento, ante un psiquiatra sería una enajenada y ante Dios una hereje. Al primero nunca le consultaría y el segundo estaba segura que desde hace siglos sólo roncaba.
Cecilia Dávila Dugarte
24 de marzo de 2003
"La niña" de Picasso