El año de la Seca (Comentarios)

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Compré la novela de Víctor Álamo de la Rosa “El Año de la Seca” en el 2007, cuando la Feria del Libro aún era plural, diversa y muy variada, aún la politización de los espacios culturales no la había herido de muerte. “El Año de la Seca” es un poema vuelto novela, dolorosamente humana transita por los miedos, las angustias, la esperanza, el erotismo, la desilusión y la descomposición de sus personajes, para terminar donde todo termina: en el amor y la muerte. Pero no hubiese podido yo sentir ésta novela como la siento, de haberla leído en el 2007, por eso ella se dejaba escurrir de mis manos, me rehuía, se dejaba abandonar, y es que yo no estaba a su altura. Pero en la Venezuela del 2018 ya la vida me había dotado de una mirada particular y entonces el libro abandonado casi diez años en mi biblioteca, desde el silencio, me llamó y lo pude tomar entre mis manos para recorrerlo y vivir la historia de una Isla que se devoraba a sí misma entre la sequía, la dictadura y la corrupción, una isla donde bajo las faldas del desabasteciendo y la escasez de agua y alimentos surgió un nuevo orden, una nueva dinámica que te empuja con terror a moverte en ella o cuando menos a ser un espectador y lo entendí:

"pero lo más complicado fue siempre conseguir el agua potable, pues hacía prácticamente un año que estaba racionada en toda la isla. En los últimos tiempos casi la única agua disponible en la Isla Menor era la que enviaba compasivo el Gobierno en sus barcos-aljibe”.

Esa dinámica cruel pare personajes feroces y viciados que se acoplan y golosos engordan en ella:

“tras los cortinajes de un alma avariciosa, porque el patrón sólo sabía hacer negocios en tiempos de calamidad, de facturar riqueza personal expoliando patrimonios en ruinas, de vender bien cara una luz a quienes ya sólo alcanzan a ver los oscuros del abismo”
“y de esta dificultad en la recolección del agua fue de donde partió el gran logro organizativo de los hermanos Padrón, quienes sacando a relucir el fantasma de la codicia a través de unos buenos fajos de billetes, consiguieron la convivencia corrupta con la Guardia Civil”
“A poco del árbol caer, derribado por ambos hombres después de toda una mañana serrándolo, aparecieron dos guardias civiles, quienes, sin mediar explicación alguna, les ordenaron ir con ello al cuartelillo de Masilva, hasta donde los escoltaron, como reos de no sabían qué, para prestar declaraciones, y acabar finalmente siendo acusado de arboricidas, de flagrante atentado contra el patrimonio arbóreo del Régimen, según la terminología del sargento que incoara el expediente del proceso. Después de unas horas durante las que el miedo era un hormigueo picoteando la columna vertebral de ambos hombres, fueron liberados. Libertados pero sólo hasta el día del juicio sumarísimo cuya sentencia ya conocían: cubrir con sus personales patrimonios las pérdidas causadas al Gobierno, ya que de artimañas y tretas así se valía el Régimen para amamantar las avaricias y los pecunios de sus dirigentes”.
“por lo menos desde que el Régimen se la robó y él calló su boca y sujetó su rabia en previsión de futuros males mayores”
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Cada página de la novela daba fe de las razones de la huida de casi el 50% de la población de esa isla asediada por un destino atroz:

“todo anda muriéndose, todo anda arrastrando la hedionda mortaja de la muerte”(…) “hasta él había llegado el secreto a voces que rumoreaba la existencia de barcos que facilitaban la evasión de aquella isla. Entre la secular sequía que padecían aquellas tierras y las imposiciones del Gobierno de los fascistas muchos lugareños sólo abrigaban como escapatoria aquella esperanza incierta de unos barcos inciertos que emigraban hacia un continente también incierto” (…) “a su edad comenzando una aventura o acabando una huida, iniciando una nueva vida o cometiendo un acto suicida que por lo menos acabaría con su detestada monotonía de una vez por todas”
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Y entonces la huida tiene un sentido apenas reconocible, unas razones que se desdibujan en una esperanza fortuita:
“Por…. Por… miedo. Miedo a todo. Miedo a la sequía y al hambre. Miedo a los civiles. Miedo a la gente. Miedo a la Isla. Miedo…. Miedo…” (…)
“no ansias de mejor vida ni pasión por la libertad, (pánico) era la razón por la cual ahora estaba allí, suspirando, a punto de embarcarse, fugado del servicio militar y a partir de hoy buscado por desertor, por desobedecer los deberes contraídos con la patria, suspirando lanzando a una aventura que ni se le hubiese pasado por la cabeza si lo hubieran dejado en paz. En casa, pensando en sus cosas”.
“Temblaba, lamentando la cruel encrucijada en cuya intersección lo había ubicado el destino, sabiéndose entre la espada y la pared, entre lo afilado de los fusiles ejecutores y los paredones azules del mar”
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Pero quedarse no era una opción mejor:

“apenas vivir sin querer extraerle más savias a la vida. Ni feliz ni desgraciado, sólo existiendo en el equilibrio del no pensar, poniendo en blanco su mente, dejándose fluir en la cotidianidad que se había forjado para subsistir en ese extremo inhóspito de la isla”...

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Y así fue como encontré, de nuevo, entre las páginas de un libro todas las imágenes vueltas palabras que en los últimos años se han apilado en mi mente, y fue así como volví a concluir que como humanidad parecemos estar atrapados, sin escapatoria, condenados a repetir el mismo error una y otra vez…

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