“La esperanza, definitivamente, no es lo mismo que el optimismo. No es la convicción de que algo saldrá bien, sino la certeza de que algo tiene sentido, independientemente de cómo resulte”.
Václav Havel.
El problema de qué da razón a mi esperar hunde sus raíces en lo más íntimo de nuestro ser. La respuesta a este interrogante rige de modo decisivo nuestro actuar cotidiano. Según sea lo que espero, elijo qué hacer. Y es en este sentido que la esperanza, sin dejar de contar con un fundamento, supone una decisión: un “querer” esperar. Pero, finalmente, ¿en qué puedo de esperar?
En el horizonte se vislumbran posibles respuestas que, sin contradecirse, más bien nos hablan de la necesidad que tiene el hombre de “trascender” su existencia para alcanzar su fin —no se encuentra en su interior—, y que este “salir de si” puede darse en varios planos.
Queriendo mostrar un posible ascenso a otro plano de trascendencia, Pieper nos sugeriría que “la profundidad más honda y auténtica de la esperanza se le descubre al hombre por el acontecimiento primario de la salvación. De la misma manera, es por este acontecimiento que se hace también más sombría la posibilidad de una desesperación abismática”. En efecto, para aquellos que gozan del don de la Fe, la esperanza —entendida también como regalo— será el imperturbable encaminamiento hacia una plenitud y una felicidad que no se le “deben” a la naturaleza del hombre.
Incluso el Caballero de la Triste Figura, haciendo gala de un sentido común aplastante, nos recomienda a todos, en la persona de su fiel escudero: “Sábete, Sancho, que no es un hombre más que otro, si no hace más que otro. Todas estas borrascas que nos suceden son señales de que presto ha de serenar el tiempo y han de sucedernos bien las cosas. Porque no es posible que el mal ni el bien sean durables, y de aquí se sigue que, habiendo durado mucho el mal, el bien está ya cerca.”
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