La mujer de hoy: entre el deber de cuidar y el derecho a vivir 🪷

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Publicado en Español, Inglés y Portugués.


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Buenas noches y dulces sueños.

"Yo, mujer de norte a sur..." Así empieza un poema que escribí hace unos años. Yo vivo orgullosa de ser una mujer de estos tiempos, una mujer en eterna batalla.
Amigas y amigos hoy mis palabras van henchidas de feminidad y feminismo.

Hombres, no se molesten conmigo, sabemos que muchos van de nuestro lado y su apoyo es invaluable, pero no pasa con la mayoría.

Quiero hablar claro, como me gusta. Ser transparente y decir lo que pienso acerca de nosotras, las mujeres del presente.

Nosotras somos esas mujeres de hoy que cargan sobre sus hombros una contradicción que nadie nos advirtió pues nos enseñaron a cuidar a todos, pero casi nadie nos enseñó a cuidarnos a nosotras mismas. Y sin embargo, aquí estamos, sosteniendo familias, trabajos, comunidades y sueños, mientras aprendemos a marchas forzadas que nuestra salud también importa. No queremos ser heroínas, a muchas no nos interesa eso, queremos estar vivas, enteras, presentes. Y no estamos dispuestas a seguir pagando con nuestra salud el precio de sostener a otros. Hablo por todas las que quieran sumarse.

En lo individual, hemos dado un paso gigante, ya no pedimos permiso para decidir sobre nuestro cuerpo, nuestra mente y nuestra vida. Vamos al médico, hablamos de salud mental sin vergüenza, cuestionamos tratamientos, exigimos respeto. Pero seguimos chocando con una realidad incómoda, muchas veces llegamos al consultorio después de todos. Primero el hijo con fiebre, luego la madre anciana, después el compañero, y al final, si queda tiempo, nosotras. Ese “si queda tiempo” es el nudo del problema. Autocuidarnos no es egoísmo, es supervivencia. Y todavía tenemos que repetirlo en voz alta, porque el mundo sigue esperando que nos sacrifiquemos sin quejarnos.

En lo familiar, seguimos siendo el motor invisible de la salud del hogar, las que detectamos el síntoma, las que insistimos con la cita, administramos el remedio, sostenemos emocionalmente a quien enferma. Eso es fuerza, sí, pero también es una carga que nos desgasta en silencio. La doble jornada no es un mito, es cansancio real, insomnio real, ansiedad real, enfermedades que aparecen porque el cuerpo también cobra facturas. Y cuando enfermamos, la casa entera tiembla, porque descubren, a veces demasiado tarde, que éramos nosotras quienes sosteníamos todo. ¿Quién nos cuida a nosotras? Esa pregunta ya no nos da miedo lo que nos da rabia, y la rabia también empuja.

En lo colectivo, hemos dejado de ser solo las que cuidan, miren ustedes, ahora también lideramos. Somos médicas(como yo), enfermeras, investigadoras, psicólogas, activistas, vecinas que organizan, voces que denuncian. Estamos en las calles exigiendo acceso a la salud, denunciando violencia obstétrica, reclamando investigación sobre enfermedades que nos afectan más y han sido ignoradas durante décadas. Acompañamos a otras a denunciar, a parir sin miedo, a sanar. Si, amigas y amigos porque nuestra salud no es un tema privado, es política, economía y también justicia.

Pero seamos honestas, el cambio aún es desigual. Hay mujeres con privilegios que avanzan y mujeres que siguen atrapadas en la pobreza, la violencia o el abandono. Nuestra lucha no es la misma que la de todas, y reconocerlo es parte de la honestidad. Reconocer las diferencias no nos divide, nos hace más fuertes y más justas pues no se trata de competir por quién sufre más, sino de abrir puertas para que ninguna se quede atrás.

Lo que sí es común es esto, ya no queremos ser solo las que sostienen, queremos ser sostenidas, no solo dar salud si no recibirla. Tampoco queremos solo sacrificarnos, queremos vivir, sí, vivir. Porque esta muy bien decidir, equivocarnos, descansar, pedir ayuda y no sentir culpa. Y esa fuerza, esa terquedad hermosa de seguir de pie, de exigir, de cuidar sin desaparecer, es lo que está cambiando la sociedad desde adentro.

Porque cuando nos cuidamos, no nos estamos quitando de nadie, lo que estamos haciendo es poniéndonos en el lugar que siempre debimos ocupar. Y ese lugar, el de nuestra salud, nuestra voz, nuestra vida, no se pide de rodillas. Se conquista. Y sin lugar a dudas lo vamos a conquistar.


Gracias a todos esos hombres que a través de la historia han apoyado la emancipación de la mujer.




ENGLISH



Good night and sweet dreams.

“I, a woman from north to south...” That is how a poem I wrote a few years ago begins. I live proud to be a woman of these times, a woman in eternal battle.
Friends, today my words are brimming with femininity and feminism.

Men, don’t be upset with me; we know that many are on our side and their support is invaluable, but that is not the case with the majority.

I want to speak clearly, as I like to. To be transparent and say what I think about us, women of the present.

We are those women of today who carry on their shoulders a contradiction that no one warned us about, because we were taught to care for everyone, but almost no one taught us to care for ourselves. And yet, here we are, holding up families, jobs, communities, and dreams, while we learn by force that our health also matters. We don’t want to be heroines; many of us aren’t interested in that. We want to be alive, whole, present. And we are not willing to keep paying with our health the price of sustaining others. I speak for all who want to join in.

Individually, we have taken a giant step: we no longer ask permission to decide about our body, our mind, and our life. We go to the doctor, we talk about mental health without shame, we question treatments, we demand respect. But we keep colliding with an uncomfortable reality: many times we arrive at the doctor’s office after everyone else. First the child with a fever, then the elderly mother, then the partner, and at the end, if there is time left, us. That “if there is time left” is the knot of the problem. Caring for ourselves is not selfishness; it is survival. And we still have to repeat it out loud, because the world keeps expecting us to sacrifice ourselves without complaining.

In the family, we continue to be the invisible engine of the household’s health: the ones who detect the symptom, the ones who insist on the appointment, administer the remedy, emotionally sustain the one who is sick. That is strength, yes, but it is also a burden that wears us down in silence. The double shift is not a myth; it is real tiredness, real insomnia, real anxiety, illnesses that appear because the body also collects its bills. And when we get sick, the whole house trembles, because they discover, sometimes too late, that it was we who held everything up. Who cares for us? That question no longer frightens us; what it does is make us angry, and anger also pushes.

Collectively, we have stopped being only the ones who care; look, now we also lead. We are women doctors (like me), nurses, researchers, psychologists, activists, neighbors who organize, voices that denounce. We are in the streets demanding access to health, denouncing obstetric violence, demanding research on diseases that affect us more and have been ignored for decades. We accompany others to denounce, to give birth without fear, to heal. Yes, friends, because our health is not a private matter; it is politics, economics, and also justice.

But let’s be honest: change is still unequal. There are women with privileges who advance and women who remain trapped in poverty, violence, or abandonment. Our struggle is not the same as everyone’s, and recognizing that is part of honesty. Recognizing differences does not divide us; it makes us stronger and fairer, because it is not about competing over who suffers more, but about opening doors so that no one is left behind.

What is common is this: we no longer want to be only the ones who sustain; we want to be sustained. Not only to give health but to receive it. We don’t want only to sacrifice ourselves; we want to live, yes, live. Because it is perfectly fine to decide, to make mistakes, to rest, to ask for help, and not feel guilty. And that strength, that beautiful stubbornness of staying on our feet, of demanding, of caring without disappearing, is what is changing society from within.

Because when we care for ourselves, we are not taking ourselves away from anyone; what we are doing is putting ourselves in the place we should always have occupied. And that place—that of our health, our voice, our life—is not asked for on one’s knees. It is conquered. And without a doubt, we will conquer it.


Thank you to all those men who throughout history have supported the emancipation of women.




PORTUGUÊS



Boa noite e bons sonhos.

“Eu, mulher de norte a sul...” É assim que começa um poema que escrevi há alguns anos. Eu vivo orgulhosa de ser uma mulher destes tempos, uma mulher em eterna batalha.
Amigas e amigos, hoje minhas palavras estão transbordando de feminilidade e feminismo.

Homens, não se irritem comigo; sabemos que muitos estão do nosso lado e seu apoio é inestimável, mas isso não acontece com a maioria.

Quero falar claro, como gosto. Ser transparente e dizer o que penso sobre nós, as mulheres do presente.

Nós somos essas mulheres de hoje que carregam sobre os ombros uma contradição que ninguém nos avisou, pois nos ensinaram a cuidar de todos, mas quase ninguém nos ensinou a cuidar de nós mesmas. E, no entanto, aqui estamos, sustentando famílias, trabalhos, comunidades e sonhos, enquanto aprendemos a duras penas que a nossa saúde também importa. Não queremos ser heroínas; a muitas não nos interessa isso. Queremos estar vivas, inteiras, presentes. E não estamos dispostas a continuar pagando com a nossa saúde o preço de sustentar os outros. Falo por todas as que queiram se juntar.

No individual, demos um passo gigante: já não pedimos permissão para decidir sobre o nosso corpo, a nossa mente e a nossa vida. Vamos ao médico, falamos de saúde mental sem vergonha, questionamos tratamentos, exigimos respeito. Mas continuamos batendo de frente com uma realidade incômoda: muitas vezes chegamos ao consultório depois de todos. Primeiro o filho com febre, depois a mãe idosa, depois o companheiro, e no final, se sobrar tempo, nós. Esse “se sobrar tempo” é o nó do problema. Cuidarmos de nós mesmas não é egoísmo, é sobrevivência. E ainda temos que repetir isso em voz alta, porque o mundo continua esperando que nos sacrifiquemos sem reclamar.

No familiar, continuamos sendo o motor invisível da saúde do lar: as que detectamos o sintoma, as que insistimos com a consulta, administramos o remédio, sustentamos emocionalmente quem está doente. Isso é força, sim, mas também é uma carga que nos desgasta em silêncio. A dupla jornada não é um mito; é cansaço real, insônia real, ansiedade real, doenças que aparecem porque o corpo também cobra as contas. E quando adoecemos, a casa inteira treme, porque descobrem, às vezes tarde demais, que éramos nós que sustentávamos tudo. Quem cuida de nós? Essa pergunta já não nos dá medo; o que nos dá é raiva, e a raiva também impulsiona.

No coletivo, deixamos de ser apenas as que cuidam; vejam vocês, agora também lideramos. Somos médicas (como eu), enfermeiras, pesquisadoras, psicólogas, ativistas, vizinhas que organizam, vozes que denunciam. Estamos nas ruas exigindo acesso à saúde, denunciando violência obstétrica, reivindicando pesquisa sobre doenças que nos afetam mais e foram ignoradas durante décadas. Acompanhamos outras a denunciar, a parir sem medo, a sarar. Sim, amigas e amigos, porque a nossa saúde não é um tema privado; é política, economia e também justiça.

Mas sejamos honestas: a mudança ainda é desigual. Há mulheres com privilégios que avançam e mulheres que continuam presas na pobreza, na violência ou no abandono. A nossa luta não é a mesma que a de todas, e reconhecer isso faz parte da honestidade. Reconhecer as diferenças não nos divide; nos torna mais fortes e mais justas, pois não se trata de competir por quem sofre mais, mas de abrir portas para que nenhuma fique para trás.

O que é comum é isto: já não queremos ser apenas as que sustentam; queremos ser sustentadas. Não apenas dar saúde, mas recebê-la. Também não queremos apenas nos sacrificar; queremos viver, sim, viver. Porque está muito bem decidir, errar, descansar, pedir ajuda e não sentir culpa. E essa força, essa teimosia bonita de continuar de pé, de exigir, de cuidar sem desaparecer, é o que está mudando a sociedade por dentro.

Porque quando cuidamos de nós mesmas, não estamos nos tirando de ninguém; o que estamos fazendo é nos colocando no lugar que sempre deveríamos ter ocupado. E esse lugar — o da nossa saúde, da nossa voz, da nossa vida — não se pede de joelhos. Conquista-se. E sem dúvida alguma, vamos conquistá-lo.


Obrigada a todos esses homens que, ao longo da história, apoiaram a emancipação da mulher.


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