Leía recientemente una reflexión de mi apreciado amigo @emiliorios en esta plataforma, donde cerraba con una sentencia que es, por decir lo menos, poética: “Recuerda que el mundo se construye con base en comunicaciones respetuosas; y esto ha sido siempre y siempre lo será”. Al terminar de leerlo, me quedé mirando el cursor titilante en la pantalla, suspendido en ese espacio gris entre la admiración por su optimismo y el escepticismo que dan los años y la lectura de los diarios.
¿Se construye el mundo sobre el respeto? Si miramos la historia con el lente de la cruda realidad, pareciera que el mundo se ha forjado, más bien, sobre el conflicto, la imposición y el silencio estratégico. No puedo evitar pensar que la diplomacia -esa cumbre de la comunicación política-, es a menudo el arte de hablar durante horas sin decir absolutamente nada, o como diría el sarcástico Winston Churchill: “La diplomacia es el arte de decirle a alguien que se vaya al infierno de tal manera que esté ansioso por empezar el viaje”.
El respeto no es una moneda única; su valor de cambio fluctúa según la frontera que crucemos. No es lo mismo la "comunicación respetuosa" en la vibrante y a veces invasiva Venezuela, donde el afecto se desborda y la confianza se asume antes de pedirse, que en las gélidas y estructuradas dinámicas de un nativo canadiense o un europeo del norte, o en Asía...
En mi querida y lejana Venezuela, el respeto suele ir de la mano con la calidez, pero también con una informalidad que a un alemán le resultaría violenta. Para un japonés, el respeto es el silencio y la distancia; pero para un nato venezolano, el silencio es síntoma de que "algo malo pasa". Aquí entran los "términos y condiciones" culturales que @emiliorios, en su noble intención, deja a la interpretación del lector. El mundo no se comunica igual porque no siente igual.
George Bernard Shaw lo sentenció con precisión en su obra Major Barbara: “El mayor problema de la comunicación es la ilusión de que se ha llevado a cabo”. A veces creemos que estamos construyendo puentes, cuando solo estamos lanzando palabras al vacío desde orillas culturales opuestas.
Desde niños, el sistema educativo "venezolano" nos grabó a fuego las "Normas del Buen Hablante y del Buen Oyente", ¿recordarán?. Un decálogo de etiqueta que, visto en retrospectiva, carece de alma si no hay una base moral que lo sustente. Disiento de la educación formal cuando intenta enseñar la forma sin el fondo. ¿De qué sirve que un maestro enseñe a no interrumpir, si ese mismo maestro utiliza su autoridad para silenciar la duda o humillar al alumno con un sarcasmo?
La comunicación efectiva no es un manual de urbanidad; es un acto ético. Si la moral detrás de la palabra está podrida, el respeto es solo una máscara cínica. Maquiavelo lo dejó claro en El Príncipe: “Todos ven lo que aparentas, pero pocos experimentan lo que realmente eres”. La historia de la humanidad está llena de oradores brillantes y "respetuosos" en las formas, que utilizaron esa misma elocuencia para conducir a naciones enteras hacia el abismo.
Es la edad, y no la teoría, la que nos enseña que el respeto es más que solo decir "por favor" y "gracias". El respeto real es la capacidad de reconocer la otredad, incluso cuando esa otredad nos resulta incómoda o políticamente incorrecta.
Hoy, en un mundo hiperconectado, pero profundamente polarizado, la comunicación se ha convertido en una trinchera. En las redes sociales, el respeto es a menudo sacrificado en el altar de "la verdad propia". Por eso, la reflexión de Emilio, se vuelve necesaria como un faro, no porque describa el mundo tal como es, sino como debería ser (utópico).
Sin embargo, para que esa construcción sea real, debemos aceptar que el mundo también se ha construido con gritos de protesta, con silencios diplomáticos que evitaron guerras y con la desconfianza natural que nos permite sobrevivir (hipocrecía).
Aprecio la visión de @emiliorios porque nos invita a la armonía, pero me permito añadirle una nota al pie: el respeto sin honestidad es manipulación, y la comunicación sin contexto cultural es ruido.
Tal vez el mundo no se ha construido siempre sobre comunicaciones respetuosas —la sangre de las guerras y las traiciones políticas y religiosas dicen lo contrario—, pero si queremos que el mundo que viene sea habitable, tendremos que aprender que el respeto no es un punto de partida, sino una conquista diaria que se logra con la madurez. Como bien decía Viktor Frankl, sobreviviente del Holocausto y psicólogo en su obra El hombre en busca de sentido: *“Entre el estímulo y la respuesta hay un espacio. En ese espacio está nuestra libertad y nuestra capacidad de elegir nuestra respuesta”.
En ese espacio, y solo ahí, es donde realmente decidimos si queremos construir un puente o levantar un muro.
Creciendo como persona, busca y encuentra lo que necesitas para ser un mejor humano en la Comunidad Holos&Lotus. De seguro, hay un tema que te llamará la atención.

Infografía propia de la Comunidad Holos&Lotus
Dedicado a todos aquellos que, día a día, hacen del mundo un lugar mejor.
I was recently reading a [reflection](@emiliorios/con-limites-y-con-las-cosas -clear-ways-to-relate-harmoniously-and-responsibly-reflections-from-a-place-of-respect-esen) by my dear friend @emiliorios on this platform, which concluded with a sentence that is, to say the least, poetic: “Remember that the world is built on respectful communication; and this has always been the case and always will be”. Having finished reading it, I stared at the blinking cursor on the screen, suspended in that grey area between admiration for his optimism and the scepticism that comes with age and reading the newspapers.
Is the world built on respect? If we look at history through the lens of harsh reality, it would seem that the world has been built, rather, on conflict, imposition and strategic silence. I cannot help but think that diplomacy, that pinnacle of political communication, is often the art of talking for hours without saying anything at all, or as the sarcastic Winston Churchill would put it: “Diplomacy is the art of telling someone to go to hell in such a way that they are eager to set off on the journey”.
Respect is not a single currency; its exchange rate fluctuates depending on the border we cross. ‘Respectful communication’ is not the same in vibrant and sometimes intrusive Venezuela, where affection overflows and trust is assumed rather than asked for, as it is in the cold and structured dynamics of a native Canadian or a Northern European, or in Asia...
In my beloved and distant Venezuela, respect usually goes hand in hand with warmth, but also with an informality that a German would find jarring. For a Japanese person, respect is silence and distance; but for a native Venezuelan, silence is a sign that “something is wrong”. This is where the cultural “terms and conditions” come in, which @emiliorios, in his noble intention, leaves to the reader’s interpretation. The world does not communicate in the same way because it does not feel in the same way.
George Bernard Shaw put it succinctly in his play Major Barbara: “The greatest problem with communication is the illusion that it has taken place”. Sometimes we believe we are building bridges, when in fact we are merely throwing words into the void from opposite cultural shores.
From childhood, the ‘Venezuelan’ education system burned into our minds the ‘Rules of the Good Speaker and the Good Listener’, do you remember? A set of ten rules of etiquette which, in hindsight, lacks soul if there is no moral foundation to underpin it. I take issue with formal education when it attempts to teach form without substance. What is the point of a teacher instructing pupils not to interrupt, if that same teacher uses their authority to silence doubt or humiliate a pupil with sarcasm?
Effective communication is not a guide to etiquette; it is an ethical act. If the morality behind the words is rotten, respect is merely a cynical mask. Machiavelli made this clear in The Prince: “Everyone sees what you appear to be, but few experience what you really are”. The history of humanity is full of brilliant orators, ‘respectful’ in their manners, who used that very eloquence to lead entire nations into the abyss.
It is age, not theory, that teaches us that respect is more than just saying “please” and “thank you”. Real respect is the ability to recognise otherness, even when that otherness makes us uncomfortable or is politically incorrect.
Today, in a hyperconnected yet deeply polarised world, communication has become a battleground. On social media, respect is often sacrificed on the altar of “one’s own truth”. That is why Emilio’s reflection becomes as essential as a beacon – not because it describes the world as it is, but as it ought to be (utopian).
However, for that vision to become a reality, we must accept that the world has also been built on cries of protest, on diplomatic silences that have averted wars, and on the natural mistrust that allows us to survive.
I appreciate @emiliorios’s vision because it invites us towards harmony, but I would like to add a footnote: respect without honesty is manipulation, and communication without cultural context is noise.
Perhaps the world has not always been built on respectful communication—the bloodshed of wars and political and religious betrayals suggest otherwise—but if we want the world to come to be a place worth living in, we will have to learn that respect is not a given, but a daily achievement that comes with maturity. As Viktor Frankl, a Holocaust survivor and psychologist, so aptly put it in his work Man’s Search for Meaning: *“Between stimulus and response there is a space. In that space lies our freedom and our ability to choose our response”.
It is in that space, and only there, that we truly decide whether we want to build a bridge or erect a wall.
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