Hoy, en este #TBT, quiero recordar una historia que me tocó el alma y me devuelve la fe en lo sencillo, en lo auténtico. Hace un tiempo conocí a Crisbel, una jovencita de trece años que vive entre las montañas del estado Táchira, en Venezuela. Su vida no está llena de lujos ni de comodidades, pero sí de amor por los caballos, por la tierra y por cada amanecer que la encuentra en el campo, con las manos limpias y el corazón libre.
Crisbel nunca ha asistido a una escuela formal, pero su inteligencia, su gracia y su conexión con los animales la hacen parecer una alma muy antigua en un cuerpo joven. Aprendió a leer y escribir de sus padres, quienes se convirtieron en sus maestros y mejores guías. Y aunque su mundo es el campo, su mente vuela más allá de las montañas, ayudada por libros, historias y la imaginación.
En una de las imágenes que más nos marcaron, la vemos sobre su caballo, bajo un cielo gris que parece entender su calma. En otra, parada frente a una ventana, con la mirada firme y el alma abierta, como si supiera que su vida, aunque humilde, es digna de contarse.
Crisbel es prueba de que el aprendizaje no solo vive en las aulas, y de que el talento muchas veces nace sin diploma, pero con pasión. Ella, con sus botas de montar y su sonrisa sincera, es una inspiración para quienes creemos en otra forma de vivir y aprender.
Felicidades, Crisbel. Eres prueba de que el espíritu puede ser libre, fuerte y generoso al mismo tiempo. Que sigas creciendo entre las montañas, con tus caballos y tu tierra como compañeros de vida. Porque tú, simplemente siendo tú, eres una inspiración.
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