Desde que era un adolescente, recuerdo; el orden me ha acompañado como una melodía de fondo. No hablo de una obsesión enfermiza, ni de una manía que me impida disfrutar de los pequeños desórdenes que a veces regala la vida; más bien, me refiero a esa satisfacción casi estética que siento cuando todo encaja, cuando la simetría se manifiesta en los detalles más cotidianos —por eso soy fanático al Cubo Rubik, en todas sus presentaciones, la casa está llena de ellos—. Quizá se deba a mi formación como matemático e investigador, profesiones que, como brújulas, siempre me han guiado hacia la búsqueda de patrones, de lógica y de armonía en medio del caos aparente.
De mi propiedad.
En mi escritorio, los libros se apilan por tamaño y tema, los bolígrafos reposan alineados como soldados en guardia, y hasta las hojas de papel parecen respirar tranquilas, sabiendo que ninguna será desplazada sin razón. No es que tema al desorden, simplemente encuentro belleza en la planificación, en esa coreografía silenciosa, donde cada objeto, cada tarea, cada minuto tiene un lugar asignado. Me han llamado perfeccionista, y aunque al principio lo tomaba como una crítica velada, hoy lo asumo como un elogio. Porque el perfeccionismo, lejos de ser un lastre, me ha enseñado a valorar el esfuerzo, la constancia y la disciplina.
En el trabajo, la puntualidad es mi carta de presentación. Jamás llego tarde a una reunión, ni permito que el reloj me sorprenda desprevenido. Hay quienes consideran esto una rigidez innecesaria, pero para mí es una muestra de respeto: respeto por el tiempo propio y por el ajeno. No soporto hacer esperar a nadie, y aunque soy tolerante con quienes llegan tarde —la vida a veces tiene otros planes—, no puedo evitar sentir una punzada de inquietud cuando la agenda se descompensa. Sin embargo, he aprendido a respirar hondo, a sonreír y a entender que no todos comparten mi amor por la exactitud. Mi hijo Matthew, me sigue los pasos.
De mi propiedad.
En casa, el orden se manifiesta en los pequeños rituales…, el café de la mañana, preparado siempre con la misma cucharilla: la cama tendida con esmero; la planta del balcón regada a la misma hora. Podría parecer monótono, pero en esa repetición encuentro una especie de poesía, mi zona de confort. Cada gesto, cada hábito, es una pieza de un mosaico más grande, una ecuación vital que me regala tranquilidad. No niego que, en ocasiones, el azar irrumpe y me obliga a improvisar, a soltar el control y dejarme llevar. Y, curiosamente, son esos momentos los que más disfruto después, porque me recuerdan que la vida, como las matemáticas —mi profesión—, también tiene sus variables impredecibles.
Mis amigos y familiares suelen bromear con mi necesidad de simetría. “Si pudieras, alinearías hasta las nubes”, me dicen entre risas. Y aunque exageran, hay algo de cierto en su observación. Me gusta que las cosas tengan sentido, que los espacios respiren orden, que los días fluyan según lo planeado. Pero también sé que el verdadero equilibrio está en saber cuándo dejar que el caos entre, aunque sea de puntillas, para recordarme que la perfección absoluta es solo una ilusión.
De mi propiedad.
Ser perfeccionista no significa vivir esclavizado por el miedo al error, sino disfrutar del proceso de mejorar, de pulir, de buscar siempre una versión más armónica de uno mismo y del entorno. Es encontrar placer en la simetría —en mi caso, claro—, pero también en la capacidad de adaptarse cuando la vida decide desordenar las piezas. Porque, al final, la geometría más bella es la que se dibuja entre el orden y el azar, entre la planificación meticulosa y la espontaneidad de lo inesperado.
Así transcurren mis días, entre ecuaciones y agendas, entre rutinas y sorpresas, entre la serenidad del orden y la emoción de lo imprevisto. Y en esa danza silenciosa, descubro, una y otra vez, la geometría invisible que da forma a mi vida. Cada tarde, al sol poniente, con mi taza de café o de chocolate humeante, despido el astro rey. Un par de horas más tarde, la melodía del piano o el violín antes de acostarme. Feliz noche, hasta mañana.
𝗘𝗻𝗰𝘂𝗲𝗻𝘁𝗿𝗼 𝗱𝗲 𝗧𝗮𝗹𝗲𝗻𝘁𝗼𝘀: «El desorden»
Portada de la convocatoria.
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Dedicado a todos aquellos escribas que contribuyen, día a día, a hacer de nuestro planeta, un mundo mejor.