Un día lluvioso y no queda nadie bajo el parasol. La tierra mojada de un planeta peligroso
Me encuentra la vida en un barrio en decadencia, solo llevo fracturas en los bolsillos, huesos de mi cabeza que no deja de pensar.
No quiero saber nada. Huellas mojadas en un piso de tierra
Entro en mi casa de ventanas oxidadas remendadas con clavos, mi madre ha preparado la comida y su sonrisa me devuelve la esperanza
El techo gotea en mi cuchara, pero yo como, me bebo la sopa de una. El aire aletea tras mi nuca, susurran calaveras, sonrío.
Recuerdo su labial en alcaloides, sus ojos grandes y expresivos, su cabello húmedo.
Le miro casi siempre, sé que reza, sé que es tartamuda y que tiene más fe que yo.
Su techo de lámina es como el mío, su silencio como el mío, sus noches, su neumonía bajo una manta. Somos supervivientes.
Se enciende una vela, los focos me encandilan, la lluvia ha empezado a evaporarse, tengo frío, pero miedo ya no. Escondo mi prótesis de corazón, tiroteo las estrellas.
La cena se ha servido, sobras es lo que hay.
Mi familia esta serena, tienen hambre, se ora siempre, se da gracias a Dios siempre. Vivir con los que amas esa es la vida.
Son las palabras de mi padre, sus labios sangran cuando las dice.
Comemos en silencio y nos marchamos. Buscamos un rincón mejor, una vida mejor, acurrucamos a los nuestros pero no dejo de pensarla.
No sonríe nunca, no conozco su sonrisa, no sé si come, si es feliz, no sé si el faso la reconforta. Creo que el mundo ha sido cruel con ella
Le daría una flor, le daría un poco de mi vida, la dejaría escaparse tan lejos como fuera, tan lejos como las estrellas, algo mejor, más dulce, menos muerto.
Pero el mundo es así, la gente es así, hay un monstruo en sus miradas y no hay nada que yo pueda hacer, nos queda el suspiro más cerca del viento.
Entonces suspiro, no resta nada, mi garganta se entumece, recojo el desorden y lo olvido.
Cierro los ojos, tararean las alimañas, guardo lo que resta del día en peceras que no están. Escondo mis pies del frio y me duermo…