Mi padre, un hombre que sabe de trabajo duro, que no pidió nunca que le regalaran nada, que supo ganarse cada centavo, cada pan, cada ropa que vistió, todo con el sudor de su frente y de su corazón.
Un hombre que ha sabido lo que es eso de contar con unos pocos o en ocasiones no contar con nadie y aun así no agachó la cabeza, se negó a aceptar el concepto derrota, se levantó, no una ni dos veces, de hecho, ya perdió la cuenta.
Mi padre es ese hombre que con el ejemplo predica, que teme a Dios y que siempre ve la vida con sencillez, que toma la fe como ese camino a seguir y que sin caer en el conformismo busca cómo ser mejor cada día que pasa.
Un hombre que sabe de todo un poco, que repara todo en casa y que cuando es necesario sabe también arreglar el caos de tu cabeza con esos consejos que no tienen mucha labia, que son simples y perfectos para el alma pero perfectos para la situación.
Mi padre es ese hombre que acepta la crítica, que escucha un consejo y sin chistar lo medita, siempre busca cómo mejorar, que aprende un poco más a cada instante y pareciera que de aprender no se cansará jamás, porque ese conocimiento lo enseña a otros para que no se pierda.
También es mi padre el que escucha esos largos discursos de lo que me apasiona, que lee mi poesía y que anima todos mis proyectos, el que soporta esas quejas de lo que me molesta y que tiene discurso para cada una de mis opiniones sobre la política, aunque no esté de acuerdo con mis tendencias.
Ese es mi padre, un hombre que más que perfecto simplemente es auténtico y lo amo.