Vuelvo a tus cimas
cada noche que el derroche se aproxima
y amenaza.
En mis manos,
nada es puro y sin embargo
acudo a tus migajas,
porque no me quedan
trazas de pasado y mi reloj,
se ha parado en el olor
desordenado de tu empeño.
Se me ha hecho pequeño el lecho
cuando he pecado de sentirme
satisfecho en tu premura
y he sido el dios de tu oración
futura;
cuando mi boca ha querido
y has danzado entre mi lengua,
velo a velo;
cuando tu pelo ha vestido
las salinas de mi pecho
y todo ha sido consumado.
Ahora sé,
que he amado porque has dejado
que mi mano amara
la vereda de tus dedos
cuando dormías despierta
entre los cielos del hambre
y la puerta de tu cuerpo
quedó abierta,
y me llamaste.
Soy consciente
de que solo pertenezco
a tu paisaje claroscuro;
de que el mundo es grande
si viajamos juntos en el mismo estribo.
Soy humilde
y te recibo dispuesto a deshacerme
en tus caminos,
sobre tus piedras,
de tus senos a tus piernas
hilado al fuego de tus sentidos;
si quieres ser verdad,
y decidimos vivirnos.