En la apacible hilera de una noche fugaz se encontraba Ramírez. Un viejo escritor, teólogo de sesenta y dos años que miraba con desdén la brillante y perlada piel de su musa, una mujer ciertamente joven de nombre Cecilia, aquella era una doncella de tan solo veintitrés años, sus ojos eran azules como el mar más profundo, su cabello rojo asimilaba el carmesí del inframundo y su piel, ¡qué piel!, blanca como la nieve y brillante como un sol en su apogeo, Ramírez era un escritor ciertamente, pero uno de muchos mediocres que no habían logrado su cometido, no, él era un fracaso y lo era precisamente porque no se apasionaba por escribir, lo hacía por dinero, no obstante era un increíble pintor. Jamás en su vida se había sentido tan preparado como ahora, pincel en mano se decide a representar en un lienzo de 90x120 utilizando las más finas de las pinturas y maquillajes a su bella musa quien ante sus ojos no hacía más que excitarse por el momento, Hazlo, hazlo, imaginó él, pero la doncella como toda una profesional no se inmutaba realmente, allí estaba siendo una con el ambiente mientras el egoísta Ramírez cargando una sonrisa que tocaba de orea a oreja procedía a esbozar, “O querida Cecilia, no existe Carmesí que se asemeje a tu hermoso cabello, no hay en este mundo combinación de colores que haga frente a tu real crudeza, eres Dios y eres la muerte, eres el diablo y la vida.” Dijo con fascinación, genio ante el pincel y presuntuoso con la pintura, tomaba su tiempo para realizar detalles increíbles e imperceptibles para la mayoría de los artistas, cada bello en los brazos, rostro y piernas, por más minúsculo que este fuese debía ser retratado con perfección en la posición correcta, más que un retrato era una preservación digna del mismísimo Dorian Gray, ¿algo anda mal? Se preguntó Ramírez, “El cabello, no… El cabello” se decía así mismo. La pintura al secarse reflejaba un espectro ligeramente diferente al mostrado en la vida real, de modo que Ramírez no aguanto, la irá le hizo casi romper su pincel y entonces se dio cuenta, con la cordura aún atada a él, Ramírez con un escalpelo que poseía entre su colección de instrumentos quirúrgicos, procedió a cortarse ligeramente el dedo índice de la mano derecha, era siniestro de modo que la mano derecha no la ocupaba tanto como la izquierda, las gotas de sangre que caían en la paleta era suavemente mezcladas con el amarillo y grumos de rojo caoba esperando lograr la consistencia adecuada para el retoque, “Espera mi Cecilia, Espera que la perfección viene a por ti” se dijo. Cecilia lo veía con suave irá y picardía, su palidez vampírica llegaba a ser aterradora, ciertamente era una mujer con carácter y para menos, fue ella misma quien se comprometió en alma y carne para la realización de un retrato perfecto. Y allí estaba, Ramírez sudaba bajo la presión y sus manos inmóviles eran armas perfectas entregadas por algún Dios constructor, ni los neurocirujanos ponían tanto empeño, tanta perfección, tanto desdén a la hora de realizar una obra. Las horas se hacían un día, dos días, tres días. Y Ramírez entonces empezó a llorar. Todo ese tiempo dibujando, todo ese tiempo sin comer, tomar algún líquido, ir al baño o si quiera dormir se había perdido, como escritor era un fracaso, pero como dibujante era malditamente bueno, de hecho, era tan bueno que sin darse cuenta empezó a retratar la hinchazón del exánime muerto de Cecilia, se había dejado llevar y empezó retratar la realidad cuando lo único que se le pidió fue retratar la belleza, mientras lloraba su paupérrimo fallo se hacía presente una erección entre sus pantalones, era la excitación de escuchar las sirenas de las patrullas de la policía.