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La bruma esparcida como manto ancestral, sobre el horizonte, la plenitud de la noche, me arrebata, me alucina y aunque estando despierto parezco dormir un sueño que no me pertenece.
Ayer la mañana era gris, hoy se viste de primavera, ahí donde la noche muda y queda se goza en su teatro de sombras, ahí donde aulló la loba herida de luna llena, ahí donde transitas en un recuerdo y ese recuerdo me atormenta.
Luego vino la tarde con su risa de verano, con sus labios de jazmín y de sus brazos, hechos rayos, abrasaron todo dentro de mí, alcancé el Olimpo de mi vida, parecía un Dios junto a ti.
Luego un rápido otoño, justo al caer la noche, su frío colmo mis bríos, mis cabellos me dejaron, al igual que la infancia deja a un niño y entonces comencé a ser un bulto, encorvándose dentro de sí y por más que quise ver más allá de mis espacios vacíos, entre tu amor y el mío nada parece existir y espero justo aquí, al retorno de mis hijos, que aun estando lejos, por ellos sigo vivo.
No tardó en golpearme la noche, su gélido abrazo de invierno abrió ante mi último su estertor y con ello, veo el camino andado, mas soy feliz, no me arrepiento, las estaciones han pasado pero no la vida que llevo por dentro