Dos años después vuelvo a escribirte. La tarde del 23 de agosto del 2016 quedó grabada en mi alma, porque no se puede sentir tanta tristeza junta sin quedar para siempre marcado. Recuerdo la mirada de mi abuela, que a simple vista dejaba ver que no sabía cómo darnos la noticia, recuerdo llorar, llorar a mares, llorar hasta que me dolieron la cabeza y los pulmones, y, sobre todo, recuerdo no entender. Y no era lo temprano de tu partida lo que no entendía, no, la muerte era lo que más claro tenía, lo más certero, el inevitable desenlace, sabía que esa llamada llegaría más pronto que tarde, y por eso aprovechábamos cada segundo a tu lado, cada ratito de tu pequeña vida, no te miento, me habría gustado verte más, consentirte más, conocerte más, tanto que supiera el punto exacto en donde las cosquillas se volvían efectivas y lograban hacerte reír, tanto que pudiera entender lo que decías con los ojos, tanto que supieras que era yo la que muy de vez en cuando iba y tomaba tus manos y acariciaba tu cabello... ojalá lo hayas sabido. Pero el no verte de manera frecuente no me impidió quererte, al contrario, eras como una estrella fugaz, igual de efímero, de maravilloso, de especial, y fue lo esporádico de nuestros encuentros y la certeza de que tu paso por este mundo sería tan breve como el de un cometa, lo que hacía que mi corazón duplicara su tamaño cada vez que te veía, como para meterte dentro y no dejarte ir nunca más, porque quién sabe cuándo sería la próxima vez, o si acaso habría alguna. Tu muerte la entendía porque, al igual que la de todos, estaba atada a tu vida. A lo que no le hallaba explicación era al hecho de que no se te haya permitido disfrutar del mundo como cualquier otro niño, que no hayas podido correr, caerte, llegar sucio a la casa, tener tu primera pelea, tu primer amor, porque tiempo tuviste, claro que sí, dieciocho años son suficientes para, al menos, vivir todas esas primeras experiencias, no fue cuestión de tiempo, fue la silla de ruedas en la que estabas postrado, el no poder valerte por ti mismo, fue esa mala praxis, o ese capricho tan injusto de la vida que te encerró en un cuerpo lleno de limitaciones, que te arrebató de golpe las oportunidades. Y ese es el por qué que no consigo -y me temo que nunca conseguiré- contestar. Pero fuiste feliz, o por lo menos eso quiero pensar. Fuiste infinitamente amado, hay gente que vive una cantidad tremenda de años y hace una suma gigante de cosas y se va de este mundo sin poder decir lo mismo. Y nos enseñaste tanto, tanto. Nos hiciste mejores. Tu sola presencia nos llenaba de felicidad. Y aunque todavía se me quiebra un poquito la voz si digo en alto tu nombre, ya no me duele el pecho cuando pienso en ti. Porque, a modo de paradoja, desde que te fuiste te siento más cerca. Eres la estrella más brillante, el naranja de las nubes al amanecer, la brisa fresca por las tardes, el destello del mar, la nieve sobre los picos, el sonido de las olas. Me basta con alzar la vista, mirar al cielo, para encontrarte.