Sentimiento de culpa
Él los vio marcharse cabizbajos, no tenían dinero para continuar con el tratamiento.
Sabía que el paciente sucumbiría sin la terapia, pero no lo detuvo, luego se sintió culpable por eso.
Salió del consultorio y no se fue a su casa como siempre; el bar surgió como un salvavidas ante la depresión.
Sentado en la barra pidió una cerveza –a María también le gustan –pensó.
Recordó luego de la tercera botella que el nutricionista le había prohibido ese tipo de bebidas; se arrepintió de haberlas pedido, pensó en lo mal que se ve con el abdomen como una mujer embarazada, los gases, la correa…
Así prendió el motor y se dirigió a su casa, con sentimiento de culpa por ser como era.
Las ganas de orinar lo hicieron detenerse en una estación de servicio; ya de regreso casi lo golpea un convertible rojo: era su paciente eufórico de contento con un trago en la mano. Del deportivo salieron dos amigos de él, también con tragos en la mano.
–Doctor –dijo el paciente en voz alta- estos son mis amigos. Soy el hombre más feliz del mundo, y todo gracias a usted; haré lo que me dijo, me comportaré como si este fuera el último día de mi vida.
Se deshizo del paciente como pudo, y continuó hacia su casa.
Cuando llegó la casa estaba sola, sobre la mesa una nota de su mujer:
Mi cielo no me pude comunicar contigo, porque tenía el teléfono descargado; estoy para la despedida de soltera de la Chini. Llegaré tarde.
La Chini era la chica más deseada del grupo, a él le gustaba desde la Universidad, pero nunca se atrevió a decirle nada; ahora el gordito Antonio se casará con ella. Se quitó la ropa, fue al refrigerador, tomó una cerveza, la sirvió en un vaso de vidrio, contempló cómo la escarcha cubría el vaso, se fue a la cama, y pasó toda la noche feliz, sin sentimientos de culpa, soñando con la Chini.
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