De repente no relacionamos la palabra estrés con angustia, y me atrevería a decir que es lo mismo.
Yo tiendo a tener ataques repentinos de angustia, afortunadamente he ido aprendiendo a percatarme de ello; si no me percato por mis propios medios, mi compañera que tiene dos ojos como dos soles, me llama a capítulo con una sola mirada.
Este domingo pasado decidí bañarme de tranquilidad, imitar a don gato, que como toda persona sabia, sabe descansar, y no se anda con angustias, juega al felino feliz.
Foto propia
Me tiré entonces en la cama a comunicarme con mis amigos, le dediqué un tiempo a conversar con mis acures, como son machos y no pueden estar juntos, tiene cada uno su casita, así que primero me traje a "Manchao", quien tranquilamente pudiera ser una bellota como la que usaba la mismísima Cleopatra para entalcarse (no sé si había talco en esa época).
Foto propia
"Manchao" y yo conversamos largamente, me contó sus penas, objetivos más cercanos, y luego lo regresé a su hogar.
Un poco más tarde traje a "Mantequilla", que no es tan peludo como "Manchao", pero tiene una distribución de colores en franjas que lo hacen ser el preferido de todas las muchachas de la cuadra.
"Mantequilla" no me contó nada, y yo le pagué con la misma moneda, luego lo llevé a su hogar y nos despedimos hasta el próximo domingo.
Foto propia
No hay nada mejor para el estrés, o para la angustia, como quieran llamarlo, que los acures, conocidos también como cobayos o conejillos de indias, son unos verdaderos maestros de la tranquilidad.