Nos fuimos caminando calle abajo, una bajada grande grande, en lo más alto había un tanque de agua que servía a toda esa zona, y también había un bar, escondidito entre las otras casas, y a nosotros nos gustaba refugiarnos allí, como si fuera una tremendura de niños en una época en que ya no lo éramos.
El sitio se llamaba Cruz de la Unión. Desde allí Cumaná se contemplaba de la mejor manera, una planicie a la orilla del mar, casas viejas, iglesias y algunos edificios que le faltaban el respeto a los sismos.
Porque allí tiembla de vez en cuando, y el mar y el río se meten por todas partes, al punto de que la gente saca sus botes y navega por las calles inundadas.
Desde allí bajabamos esa noche Orlando, Rubi Guerra y yo, con muchas cervezas en la cabeza y cuentos manuscritos en viejos cuadernos.
Ya un poco más abajo llegamos a la plaza "El Pepire", cansados los dedos de los pies, los tacones de los zapatos a punto de despegarse. Era la hora de otra cerveza, y allí estaban bien frias; tomamos y continuamos camino al cementerio y el castillo, donde ya las piernas no daban mucho más, pero las ganas de beber no paraban, y así lo hicimos, como sedientos caminantes.
Al fin llegamos abajo, al centro, a los bares de siempre, con mesas y rocolas, mesoneros y propinas; allí nos quedamos mucho tiempo. Recuerdo que el sol nos encontró allí.
Gracias por su lectura