Decreto de guerra. Guerra en la disco.3

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Guerra urbana en Río de Janeiro

3

Aquella clínica estaba llena de gente que muy distinta que vino por los mismos motivos: un familiar, joven, herido o muerto. La confusión es total: salieron a divertirse y hallaron una tragedia. Ellos los vieron irse, tranquilos, ahora los ven, postrados, con caras llenas de dolor. Una madre, padre, tío o tía, abuela o abuelo. Hermano o hermana. Comienzan a hablar entre ellos, pronto descubren que los chicos estaban en el mismo lugar. Un señor va a hablar con Rivera, le habla altanero, exigiéndole a Rivera acción, culpándolo de lo que pasó, que dónde estaba cuando paso, por qué no ha hecho nada. Rivera le contestó: — bien, comencemos con usted. ¿Por quién vino? —el señor, de pronto, se quedó frenado y dijo: — Landuz Ochoa —Rivera anota, mientras su compañero habla con las enfermeras. —— ¿Edad? Del muchacho —dice Rivera, con sutileza. — 16 —contesta el señor, ya calmado y atento. — bien señor. Le voy a decir algo. Si la sociedad, si las familias, si los ciudadanos no nos ayudan, no podemos hacer bien nuestro trabajo. ¿Cómo permite que su hijo esté en la calle y en ese lugar y a tales horas? —la pregunta es cierta e incómoda.

El señor sentía pena. Aunque luego contó que el muchacho había escapado y que no tenía permiso. Rivera les dijo:
— deben entender que ahora es distinto. Los muchachos no obedecen ni respetan. Si no les dan permiso para salir, ¿por qué tienen las llaves de la casa? —entonces muchos de esos representantes se vieron a las caras, cometían ese error.
Rivera comenzó a hablar con el doctor. Le preguntó la hora en que empezaron a llegar los heridos. Le dijo que a la una y media.
— todos con signo de violencia: golpes, cortaduras, heridas de bala. También noté algo muy interesante, todos andaban drogados, hubo un muchacho que murió, no a causa de las heridas, sino por sobredosis. —dice el doctor.
Rivera le preguntó si alguna de los heridos se mostraban sospechosos. Le dijo que no. — algunos, así heridos, decían que no llamaran a sus padres. Imagínese. —preguntó si le habían contado lo que había pasado, y según el médico, la cosa fue así:
A eso de la una, hubo algunos altercados entre gente dentro del local. La cosa no pasó a mayores y todo siguió como siempre. Un rato después, se escucharon detonaciones adentro del local y allí comenzó la zampablera. Todo el mundo corriendo, empujando, pisando a los que caían y algunos malintencionados, aprovecharon para golpear o herir aprovechando la confusión. Parece que hubo un tiroteo, pero ninguno pudo decir mucho al respecto. Lo cierto de caso es que hubo disparos a diestra y siniestra y muchos cayeron por estar atravesados en la línea de fuego.
Entre tanto, Gallegos tomaba las confusas declaraciones de los dolientes. Nadie sabía mucho, solo que el muchacho que venían a buscar estaba en una cama, herido. Otros, sufrían con la culpa. Sabían a dónde iban los muchachos y no buscaron detenerlos, creyendo que un buen consejo o un “cuídate” eran suficientes.
De manera que entre la angustia y la culpa, esa gente se mostraba más que dispuesta a colaborar. Gallegos supo mover los hilos y logró hacer que la gente se sintiera en confianza para contarlo todo.
Así, todas las historias se resumían a tres hilos más o menos parecidos: chicos escapados de casa y que se iban a la disco. Chicos que decían que iban para un lado, pero iban a otro y aquellos que tenían el permiso de ir a aquel sitio. Claro, no todos eran menores, pero la proporción era alta.
Rivera entró al pabellón donde estaban tendidos y al verles los rostros, le dijo al médico que eran muy jóvenes. El doctor le dijo que sí, pero las cédulas decían que eran adultos. El inspector mandó a buscar las cédulas y comenzó a revisarlas. Como sospechó, eran falsas.
— mire, para descubrir si son falsas o no, debe fijarse en dos detalles: el primero, el tipo de papel. El que usan las cédulas legales parece bond, pero no lo es. Cuando vea una cédula y piense que el papel es bond, lo más probable es que lo sea. El segundo, es que si se fija, la impresión parece de impresora casera. La calidad de la imagen es escáner, algo funcional de baja calidad. Con esos dos datos, le aseguro que pillará las falsas. —dice Gallegos.
El médico revisa entonces las cédulas y advierte los detalles. Luego le dice que ellos las usan para poder entrar a la disco. Rivera asiente. Vuelve a donde está la gente y Gallegos le dice que ya terminó con ellos. ¿Ellos deciden hablar con las víctimas? ¿Sospechosos? ¿Testigos? No lo saben.
En todo caso, se encaminan al pabellón y hablan con el médico y le cuentan que van a interrogar a los chicos. El médico dio su consentimiento, pero comentó que tal vez las familias no dejarían que hablaran.
— ya me ocupé de eso —contestó Gallegos.
Y entonces entraron al pabellón y ambos se dividieron en cada ala y comenzaron a interrogar a los chicos, los que estaban despiertos. Todos se mostraban reticentes, pero Rivera, que no se anda con cuentos, empezó a leerles la cartilla.
— aquí pecaron por omisión. Igualito se jodieron chicos. Hay drogas en sus cuerpos. Ya saben que sus viejos van a pagar los platos rotos, y ¡dígame los que tienen cédulas falsas! —aquella maniobra de intimidación captó la atención de los implicados.
Una chica llamó a Gallegos y le contó varias cosas de lo que había pasado en aquella discoteca. Ella fue con las amigas a bailar. Estaban tranquilas y sí estaban bebiendo pero cero drogas.
Entonces dijo que de repente escuchó unos tiros y vio unos fogonazos. Ella y sus amigas comenzaron a correr, más bien, a dejarse arrastrar por la marea de gente que buscaba escapar de aquello. Entonces dice que sintió un pinchazo en el brazo, pero siguió corriendo.
Al fin, al salir, fue cuando se dio cuenta de que estaba herida. Sus amigas la ayudaron y llamaron a sus viejos. No les pasó nada y se fueron cuando sus padres vinieron a buscarlas.

— tuviste suerte. No sólo de que no te mataran sino por tener esas amigas que no te dejaron abandonada. En otros casos, eso no pasa. Pero no te sientas afortunada porque estás en problemas, los responsables pueden estar buscando a los testigos, sabes, para silenciarlos. Si viste a alguien o cualquier cosa… —la chica puso cara de duda. Sabía algo, pero tenía miedo de decirlo.
— mire, yo no vi nada. Yo fui a bailar… ¡y sí, soy lesbiana y fui a una disco de ambiente con mis amigas, sólo fuimos a divertirnos! ¡Yo no soy una delincuente! — aquello le demostró a Gallegos que ella no andaba en esa onda.
Otro se hacía el loco y Rivera fue por él. El tonto empezó a reírse y eso le indicó que estaba drogado. El muchacho no sabía lo que decía. Decía toda clase de apodos despectivos hacia la policía.
Rivera se cansó de eso y le dijo:
— ¿sabes qué? Yo no soy policía. Y de paso, encontramos la pistola que usaste. Te jodiste, cabrón —el rostro del muchacho se llenó de pavor comenzó a pedir ayuda.
Comenzó a decir que era un estudiante, que confundieron con un sospechoso y todas esas cosas. Rivera llamó a un policía de Aragua y cuando lo vio, el muchacho comenzó a llorar y gritar que él no fue.
— entonces, ¿quién, pendejo, quién? ¿Acaso crees que te vas a salvar? Te dieron un tiro porque buscaron matarte. ¿Crees que vas a durar mucho solo? —Rivera estaba presionando, sabía que pronto hallaría algo relevante.
Entonces el muchacho comenzó a cantar. Dijo que se trataba de una guerra de bandas que buscaban controlar el mercado de las discos. Los dueños saben y ellos se hacen la vista gorda.
— que ellos le pasen lo suyo y pueden vender tranquilos adentro. Si tienen problemas, que los resuelvan afuera —y así había sido, pero algo había cambiado.
Gallegos trajo unas fotos de los jíbaros y narcos que operaban en esa zona de Maracay. El muchacho reconoció a los jíbaros pero no a los narcos, como esperaban que sucediera, pues un consumidor final, un simple drogo, no va a conocer al narco. Él está en la cadena final, es explotado por los de arriba.
Pero llamó la atención de los agentes cuando reconoció a uno de los narcos. Dijo que había estado allí en la noche, antes del tiroteo. Junto con los jíbaros.
Ya Rivera y Gallegos tenían lo suficiente como para llevar la investigación hacia un camino positivo.

— mira, ese narco es de poca monta, pero si se andaba por allí, no era para ir a rumbear. Ellos no rumbean donde venden. Fue allí a buscar guerra, estoy seguro de eso. —Decía Rivera. Entre tanto, Gallegos le dijo que ya no tenían nada que buscar allí.
— estos chamos no van a hablar y no vamos a perder el tiempo si nos limitamos a esperar que despierten. Vamos por esos jíbaros y el narco ese y de allí seguimos alborotando el avispero. —Qué dices?” sugirió Gallegos.
Rivera le dijo que sí y hablaron con el médico y le dijo que en lo que despertaran los chicos avisan. También, si un padre o representante decía algo, que lo notificara.
Gallegos habló con los que se mostraron más receptivos. Les dijo que se iban para continuar las investigaciones. Pero que estaban comprometidos a solucionar todo el caso y capturar a los culpables.
Fuera de la clínica, la madrugada se relajaba y se ponía aún más oscura. Después de esto vendría el amanecer. Y claro, la prensa, el escándalo y la indignación social ante lo que había pasado. Pero nadie quiere reconocer que es la misma sociedad la que provoca estos males.

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