Decreto de guerra. Cap: Los inicios son finales.3

Words
2667
Reading
12 min
Listen
Play
8y

image.png


guerra urbana. Foto: AFP/Raul ARBOLEDA

3

Salazar regresó a la comisaría, donde encontró el carro de Figueroa estacionado y a ella esperando recostada en la maleta del carro. Parecía disgustada, a decir por la sonrisa forzada, un gesto de disimulo. Claro está, Salazar no podía decirle a dónde fue y se acordó que en la noche tenían un compromiso, así que sintió que sus días de paz estaban llegando a su fin y que esa mujer era el principio y el final de todas sus preocupaciones. Detuvo el carro y se quedó unos segundos, como esperando a ver si había una llamada providencial y pudiera irse de allí. El ataque al ministerio de defensa ocurrió apenas salió de Fuerte Tiuna, escuchó la explosión y vio el resplandor de la columna de fuego y humo. Pero nada de llamadas. Nada iba a salvarlo. Dos ministros muertos. Nadie está a salvo. Salió del carro y fue directo a ella. Le preguntó dónde había estado, por qué no contestó el celular y todo eso. Era una forma de preguntar si había estado en el ministerio de Defensa y si había visto u oído algo. Dijo que en la oficina no sabían lo que estaba pasando, como todo en aquel día. “Estabas con una perra. ¿Verdad?” le dijo así, sin más, como esos giros bruscos y deliciosos en las conversaciones que sólo una mujer sabe dar. Evidentemente, con una leve pizca de acusación y calma. Con esa sangre fría, eres capaz de confesar. Es el tono perfecto para sincerarse; pero Salazar no podía hacerlo. “No. No estaba con ninguna perra. Pero sí andaba tras la pista de unas ratas…” Ella hizo un gesto de decepción y se fue caminando directo al edificio, ignorándolo por completo, como si estuviera decepcionada de que no la estuviera engañando. Al ir tras de ella, le dijo que era momento de preocuparse por otras cosas, pero ella le dijo “necesito verificar unos expedientes… y hablar contigo de algo importante”. En ese momento él sintió un nudo en la garganta. Ella agregó: “no es nada personal. No te preocupes.” Replicó ella, quizá para calmarlo, quizá para templarlo. Volvió Salazar a la tranquilidad propia del tiempo en que no se sabe si el tiempo va a mejorar o vendrá la tormenta. En la oficina la agitación del personal cambió su expresión con la profesional. Los expedientes que debían revisarse eran de unos casos donde ella y él habían trabajado juntos… antes de enrollarse. Aquello se trataba de unos presos que habían sido sentenciados a diez años por tráfico de drogas. Ahora, estaban libres y ocupando puestos en el gobierno. Figueroa estaba por obtener otro expediente, pero resulta ser que fue reubicado, cambiado de archivo y todo eso. El fiscal a que le asignaron ese caso no podía ser ubicado. Había descubierto que el tipo, después de eso, comenzó a bajar de perfil. El día que los sentenciados salieron de la cárcel se retiró de la fiscalía, y una semana después se fue del país. A ellos los dejaron en libertad condicional y bajo régimen de presentación. Quedaron de acuerdo en mandarle el expediente. “Muérete que el caso fue reasignado a Guarenas. Y ya están libres.” Cuando vio los nombres, Salazar se puso alerta y le dijo que buscaría que le asignaran unos guardaespaldas. Ella ha mandado a muchos delincuentes tras las rejas y con estos sueltos corre peligro. “En realidad, debo sacarla del país. estos tipos tienen demasiado poder. Y con lo que ha pasado, se pondrá peor” pensó Salazar. Ella le dijo que había otra cosa. Era sobre el informe del diagnóstico de la inseguridad. Contó que el informe había sido entregado a todos en la fiscalía y los mandaron a casa. Que el gobierno va a dar las pautas mañana. Pero con todo lo que pasaba, ¿Por qué hicieron eso? Y acaso, ¿habrá mañana? Salazar no podía decirle nada. Le dijo que no sabía nada ni había escuchado palabra al respecto. No quería mentirle, pero no podía contarle. Salazar se reportó y todo seguía en la misma locura que comenzó con los atentados. Los agentes y equipos iban a la calle y con lo que había pasado en Miraflores nadie se sentía seguro. Algunos buscaban información sobre armas químicas, otros buscaban atropina, mientras que comisiones militares y equipos antibombas revisaban edificios gubernamentales y pensaban revisar el resto de la ciudad, el metro, zonas concurridas y demás. Para ello, habían llamado ya a los equipos antibombas, antiterroristas y relacionados con estos temas; además que los pocos expertos en guerra química que había en el país ya habían sido avisados por los colegas que estaban en Miraflores. Pero, como todo lo que había pasado, la única pista posible era el delito mismo. Salazar insistió a Clarissa sobre la necesidad de estar en la calle, lo más alejado posible de cualquier edificio que representara al gobierno. Ella esperaba a Fuentes, que no había regresado, así que unos minutos después se rindió y se fueron a almorzar y a olvidarse de todo por un rato. Durante el almuerzo, se enteraron del ataque aéreo en Tocorón. Supieron que la ministro de asuntos penitenciarios había muerto. Se dedicaron a arreglar las cosas entre ellos. Tenían que hacerlo. Salazar andaba intermitente en los últimos meses y no es que le preocupe mucho pero la verdad tampoco le interesa fastidiarle la vida a nadie. Menos a una mujer que puede hacer que lo maten fácil y discretamente. Entonces, almorzaron. Hablaron de muchas cosas, ella quejándose de sus amigas y hablando de rumores. — Mira, ¿entonces la fiscalía militar ha estado pidiendo instrucciones para procesos extraordinarios? —le preguntó Salazar. Ella cambió el tono jocoso y se puso más seria. De hecho, se enderezó en la silla. — Verás. Todo tiene que ver con las decisiones que tomará el gobierno basados en el informe diagnóstico. Claro, ahora con lo que ha pasado, agregarán más cosas. El profesor Pelayo, que había dicho a la prensa que el gobierno podía tomar una posición ofensiva y pasar por encima de los derechos de los ciudadanos, ahora está desaparecido. ¿Sabes qué es lo más curioso? Que nadie dijo nada. Hasta que apareció hoy, acompañado de militares, lo presentaron a las nueve de la mañana en la fiscalía militar, cargos de terrorismo, conspiración, traición a la patria y… magnicidio. —Dijo Clarissa en una actitud de confidente. Luego le dijo que tenía que reunirse con la gente que está llevando eso, pero ella sabía que ese hombre sería usado como chivo expiatorio. Y en ese momento Salazar se acordó de un mensaje de texto que le enviaron de la oficina, diciendo que había recibido una correspondencia urgente, emanada de la presidencia de la república. Le preguntó de dónde venía el informe y justamente, del mismo lugar. Llamó Salazar a la oficina y le dijo a uno de sus investigadores que le trajera ese sobre. Llegó en cuestión de minutos (con este caos, ahora todo el mundo es eficiente) y le dijo que se tomaran un descanso, que llamara a los muchachos y se fueran a casa. El que trajo el mensaje se puso tenso: más bien, en vez de irse a casa, debería irse del país. El investigador se fue sonriendo nerviosamente. Vienen malos tiempos. Aquel sobre tenía el membrete del gobierno, las señas a quien debía ser entregado y unos grandes sellos que decían “entrega urgente”, “clasificado”. Lo destapó, a su vez que Clarissa revisaba el suyo. Dentro del sobre había dos juegos de papel encuadernados y una hoja suelta. Salazar los sacó y fue a leer la hoja suelta, pero Clarissa le dijo que primero iba el informe, pues tenía una etiqueta en color rojo que decía “leer primero”.

Clarissa ya conocía lo que decía el informe diagnóstico. Así que pasaron al segundo juego encuadernado que tenía por título Procedimientos para Operación Venezuela Independiente y el membrete decía presidencia de la república. “¿Qué es esto?” preguntó Clarisa. Salazar no podía decirle nada y se hizo el tonto. Comenzaron a revisar el manual y descubrieron que eran procedimientos para actuar en el actual estado de emergencia. Ellos ya tenían una idea de todo eso y al leer confirmaron sus peores temores, así que fueron a la carta. Salazar comenzó a leerla:

……………………………………………………………………………………………

Presidente Trabajador, Presidente de la República Bolivariana de Venezuela, Comandante en Jefe de las FANB.

Al pueblo Venezolano, Bolivariano y Socialista:

Un ejército de patriotas combatientes, autorizado por el Soberano Tribunal Supremo de Justicia, ha venido a reforzar y asegurar la región capital, para garantizar así la libertad ganada por El Libertador.

Nosotros somos enviados por la providencia histórica, encarnada en nuestro Padre, Simón Bolívar y nuestro Gran Líder Supremo, Hugo Rafael Chávez Frías, a destruir a la oligarquía, a proteger a los venezolanos y establecer el orden público y la paz ciudadana tan necesaria para el desarrollo de las naciones. Los Estados que han sido cubiertos por nuestras armas han asegurado sus anteriores leyes y gobierno, gozando plenamente de su libertad; porque nuestra misión sólo se dirige a romper el yugo de la tiranía imperialista que agobia a nuestros pueblos, sin pretender dar leyes ni ejercer actos de tiranía, a que el derecho de la guerra podría autorizarnos.
Conscientes de los daños, no hemos podido ver con indiferencia las aflicciones que los hacían experimentar los pelucones, que han aniquilado con la rapiña y han destruido con la guerra económica; que han violado los derechos de las gentes; que han infringido las normas humanas más elementales y nobles y en fin han cometido todos los crímenes, llevando a la soberana República Bolivariana de Venezuela a la más espantosa confrontación. Así, pues, la justicia exige la pronta acción y la necesidad nos obliga a tomar la delantera. Que desaparezcan para siempre del suelo venezolano los monstruos imperialistas que la infestan y han bañado de sangre; que su escarmiento sea igual a la enormidad de sus crímenes, para lavar de este modo la mancha sobre la patria y mostrar a las naciones que no se ofende impunemente a los hijos de la Venezuela libre y soberana.
A pesar de nuestros justos resentimientos contra los especuladores, nuestro corazón se digna, a abrirles por última vez una vía a la conciliación y la amistad; se les invita a los ciudadanos que adversan el proyecto revolucionario, a vivir entre nosotros pacíficamente, apartándose de los crímenes y convirtiéndose de buena fe, cooperan con nosotros a vencer en la guerra económica >y al restablecimiento de la normalidad social.
Todo opositor que no actúe contra la tiranía en favor de la justa causa de la patria, con los medios más activos y eficaces, será tenido por enemigo y castigado como traidor a la patria y en consecuencia será irremisiblemente pasado por las armas. Por el contrario, se concede un indulto general y absoluto a los que se pasen a nuestro bando, al de la patria; a los que presten sus auxilios a los ciudadanos que se están esforzando por sacudir el yugo del imperialismo. Conservarán sus derechos y bienes; en una palabra, quedan perdonados los ciudadanos que ahora regresen a sus casas y desistan de los intentos desestabilizadores y el intento flagrante de iniciar una guerra civil que facilite la intervención del imperio.
Y ustedes, delincuentes, que el error o la maldad los ha extraviado de la senda de la justicia, deben saber que sus hermanos les perdonan y lamentan sus descarríos, en la íntima persuasión de que no son culpables del todo y que sólo han sido seducidos por las mezquinas prebendas materiales que sólo el imperialismo puede ofrecer. No teman más: ríndanse, y vivan, o perecerán >ante las armas libres de la nación.

Rebeldes, cuenten con la muerte, aunque no hagan nada, si no obran activamente en obsequio de la libertad de la patria. Ríndanse y cuenten con la vida, aun cuando sean culpables.

………………………………………………………………………….............……...

Salazar miró a Clarissa. “Tú y yo, ¿eh?”, le dijo. Ella le guiñó el ojo. “unos serán los que disparen y otros los que pregunten” dijo ella. Salazar no quería ser tan optimista. Mientras servían la comida y pedían dos cervezas más, se dispuso a comentar su visión de lo que vendrá: “combates impredecibles y de corta duración. Emboscadas por doquier. Redadas y más redadas. Los combates se harán más prolongados y ya se podrá identificar los movimientos del enemigo hasta llevar a él las peleas. Ya en ese punto, comenzarán a rendirse, pero habrá quienes no acepten la rendición. Y sí, mucho asesinato sumario. Pocos juicios, tribunales marciales, improvisados. No te creas, esto se va a poner feo”. Clarissa, ya devorando su almuerzo, comenzó a decir que eso era cierto, pero la labor de la fiscalía era avalar que los procedimientos se cumplieran. Y claro, está la investigación judicial. Eso, si las cosas seguían normal. Ahora, si por la carta se guían nada parecía claro, salvo el hecho de que una guerra venía y toda guerra implica muertos y al final solo importará sobrevivir.
Terminaron de comer y los estaban llamando. Quedaron de acuerdo en que se encontrarían en la noche. En la oficina, el comisario jefe llamó a Salazar. Le preguntó dónde había estado en la mañana y Salazar le dijo que había estado investigando.
—pero que yo sepa Petare queda hacia el este y no al sur de Caracas. Te mandé a seguir y luego perdiste el carro. Eso indica que eres un bicho. Yo sé que tienes tus secretos, pajarito; pero eso se va a acabar aquí y ahora. —Salazar no quería decirle nada, salvo mandarlo al carajo, pero algo así era tan inconveniente como decirle la verdad.
—Seré un bicho, pero yo agarro más choros que todos tus pupilos juntos. A mí no me andes amenazando. Dígame qué quiere saber —Esa era la jugada de Salazar, torearlo, pintarle una fachada de inteligencia y operaciones encubiertas. Pronto lo dejaría en paz.
—los de tu oficina no están. ¿Qué pasó pues? Están a orden tuya —Salazar pensó en llevarlo todo a ese terreno, sin embargo, decir mucho implicaría revelar datos que no podía:
—Verá. Si saca la cabeza por la ventana probablemente un francotirador del ejército o del SEBIN se la vuele. Estamos en una situación de guerra. Los mandé a casa porque no quiero que los maten o los desaparezcan. Hay un estado de excepción. No hay garantías. Mejor tenerlos a cuidado. Ellos estarán preparados para cuando puedan salir” terminó de decir.
Claro, el comisario no se iba a quedar tranquilo.
—ajá ¿y usted los prepara para una operación en el bar de la esquina? —allí ya Salazar se había indignado, siempre pensó que cualquiera con una pistola en la cintura se siente poderoso y con más derecho que los demás.
Fue a la oficina, saboreando las cervezas que se bebería más tarde. Llamó al coronel Ordóñez, quien se encargaba de coordinar el tema del tránsito en aquella parte de Caracas que ya se estaba llenando de manifestantes. De todos los problemas imaginables, quedarse atrapado en una manifestación que va a ser reprimida, es uno de los peores males, porque hay poco qué hacer: luchar y resistir y probablemente morir o no hacer nada y seguramente, morir también. Es decir, estaba en todo el medio del peligro y no podía hacer otra cosa que permanecer firme.
Así que se fue a donde estaban sus conocidos y comenzaron a beber café. Todos le preguntaron de inmediato si Clarissa y él se estaban enseriando o si la cosa se iba a prender de verdad en el centro de Caracas. “El que vuelva a mencionar el asunto lo pongo a hacer todo el papeleo… en el baño” todos estallaron de la risa y otro tipo preguntó que cuál de los dos asuntos y las risas aumentaron. Y luego de eso, llegó la cadena nacional y el presidente trabajador comienza a hablar sobre las medidas a tomar y entonces lee la hoja que llegó a Clarissa y Salazar, y a miles de venezolanos encargados de la seguridad de la nación.

Decreto de guerra. Cap: Los inicios son finales.3 | Ecency