Decreto de guerra. El Alamo. Cap.3

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La alta densidad de población convierte a las ciudades en complicados campos de batalla

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Al general se le ocurre usar las camionetas y camiones para entrar dentro del estacionamiento y llegar a la entrada y allí, asaltar la comisaría. Como ellos son más, estima que la defensa va a sucumbir. El comisario ha ordenado revisar el nivel de municiones y todos le dicen que tienen suficientes, además que todavía tienen las MP5, las escopetas y las pistolas. — vamos a ganar tiempo, señores. Lancen la lacrimógenas, vamos a hostigarlos y obligarlos a retroceder. Además que con el humo, no se atreverán a venir acá sin saber qué hay detrás de la cortina. Pongan cuidado, lo que vean, así no distingan, disparen. Reconoceremos a los nuestros cuando vengan. —Todos captan la orden y comienzan a lanzar las bombas. Unos segundos después, una capa de gas se levanta sobre la calle y se oye el barullo de los delincuentes, que disparan sin ton ni son. Algunos, para variar, tratan de correr hacia el edificio y caen abatidos de inmediato. La mayoría se repliega, tratando de evitar el gas. Los que están en la parte de arriba, comienzan a disparar a lo lejos, aprovechando que son buenos tiradores. Derriban a varios delincuentes, por lo cual, estos se desesperan y recrudecen el fuego. El general adelanta sus planes, pero entonces enfrenta un motín — tú eres un coño ´e madre, nos trajiste a morir a esta mierda y tú te vas a quedar con la plata, ¿verdad? —tan pronto como termina decir eso, el general saca su pistola y le da dos tiros. — ¿alguien más se va alzar o vamos por esas armas? —como la mayoría le es leal al general, los que dudan prefieren quedarse tranquilos y se mantienen atrás para dejar que otros pendejos vayan a morir por ellos. — hagan un conteo de bajas, hagamos una estimación. Revisen a ver si los celulares sirven. Ahora, no dejen que se acerquen. Estamos ya exhaustos, vamos apretarlos a ver si dejan de venir. —Dice el comisario y los tiradores que están en la planta superior abren fuego y piden refuerzos. Suben y sube un agente con el inspector. El comisario había coordinado con él que dirigiera un grupo arriba, mientras el comisario se encargaba abajo. Entonces, el general manda a los suyos subirse a los camiones y buses, pues como les cuenta, entrarán a la fuerza y así podrán atraparlos. De cerca, ellos no podrán contener la superioridad numérica. Se van montando en los autobuses, pero notan que no hay muchos compañeros para hacerlo: están tendidos en el piso. Parte un bus y salen los delincuentes por las ventanas y la puerta, disparando. De inmediato, la respuesta de la comisaría se hace sentir. El comisario advierte que vienen para asaltarlos, protegidos por el camión y ordena disparar a las ruedas, lo cual resulta y frena, coleándose y chocando con los carros del estacionamiento. Entonces, están más cerca y dado que el autobús sirve de barrera para contener el fuego de los defensores, los delincuentes pueden acercarse. Las granadas que quedan son lanzadas. Las carabinas son vaciadas. Las MP5 comienzan a disparar. Las pistolas entran en acción, ya los delincuentes están muy cerca. Caen dos agentes, pero se levantan rápidamente, a pesar de que están adoloridos. Afortunadamente, llevan chaleco antibalas. El general, y el grupo que tienen las uzis disparan. La barricada comienza a desplomarse, a fuerza de tanto plomo que ha recibido. Una ráfaga alcanza la pierna del agente Soto. Le da en tres lugares, y cuando el comisario lo atiende, advierte que está sangrando profusamente. Tan mala señal evidencia que el agente ha sido alcanzado en la femoral. El comisario trata de parar el sangrado, pero de pronto se va la luz y es porque los delincuentes le dispararon a los postes. Las lámparas de emergencia dan luz suficiente como para distinguir formas, pero es un inconveniente porque los que están dentro de la comisaría quedan delatados y los delincuentes disparan con todo lo que tienen. Los defensores rechazan el ataque, pues tres que tratan de entrar son detenidos por sendas ráfagas. El comisario deja de tranquilo a Soto y cuando los compañeros preguntan, dice que está muerto. Y lanza una ráfaga a uno que viene de frente, disparando. Ellos ven al compañero caído y el charco de sangre que hay. De inmediato, toman sus armas y reanudan el fuego, todo lo que se mueve, toda sombra, todo indicio de enemigo se convierte en blanco de sus balas. Uno de ellos se asoma y les grita a los del piso superior que Soto está muerto. Nadie se acobarda, al contrario, una sed de venganza, una resolución de mantenerse firmes a ultranza da nuevos ánimos a los defensores. Si ese compañero se mantuvo allí hasta la muerte, ellos no podrían hacer menos. Si se fueran, ese fantasma los perseguiría. Así que, a pesar de que ninguno quiere morir, se mantienen firmes, confiando que la ayuda vendrá pronto. Resulta ser que por cosas de la vida, un conocido ladrón de valores es detenido cerca del depósito del BCV. La policía se dio cuenta de un vehículo detenido en la zona, luego, vieron a una persona adentro y allí decidieron intervenir. Cuando vieron de quién se trataba, entonces, los jefes determinaron que el ataque al Álamo era una distracción y que siempre el blanco fue el dinero. El CICPC no piensa igual y mandan un comando de acciones especiales. Lo mismo hace el SEBIN. El batallón de la GNB está listo y los efectivos están subiendo a los camiones. Ya el ejército va en camino, con tanquetas e infantería. Para colmo de males, esta noche hay varios reportes de robos, asesinatos y guerra, así que no hay policías disponibles para ir al Álamo. El general y sus hombres están a 20 metros de la entrada, disparando los defensores, que devuelven el fuego. La batalla parece caer en un punto muerto, donde los atacantes golpean pero no derriban y los defensores, que lo han aguantado todo, no tienen fuerzas para golpear al rival y derribarlo. Entonces, continúan disparando, esta vez el general ordena enfocarse en los que están el piso superior. La acción parece no dar resultado, pero una bala da directamente en la garganta del agente Fariña, quien cae muerto al piso. En lo que sus compañeros van a socorrerlo, los delincuentes lanzan lo que les queda, unas granadas y cócteles molotov, quema a un agente y una de las granadas estalla, matando a otro. Los compañeros auxilian, pero el fuego y las explosiones los dejan desestabilizados. Desde arriba, tratan de respaldar afanosamente, pero el fuego es total y cae otro agente. Ya han muerto la mitad y el comisario ordena repliegue a la planta superior, cuando trata de levantar al quemado, este ha muerto a causa de una bala que recibió en el pecho, luego de que le quitara el chaleco para así evitar que se quemara.

Aparece un delincuente de improviso y dispara, le devuelven el fuego, pero otro agente muere y ya los delincuentes están entrando. Los dos agentes que quedan abajo y arriba coordinan acciones con los walkie-talkie. Pero son sorprendidos, el general entra con 4 delincuentes y tres de ellos caen, pero el agente es acribillado y el comisario ha recibido un disparo que su ya desgastado chaleco no puede aguantar. El mismo general lo remata con un tiro en la cabeza. Repite la operación con el agente. Los policías que quedan tratan de tomar mejor posición, pero les disparan y uno de ellos es alcanzado. El otro sigue corriendo y sale del campo de tiro, escondiéndose en los depósitos. Cuando suben el policía trata de defenderse pero es acribillado.
Van por el poli que queda, pero el general les dice que bajen. Explica que ese policía se escondió y no va a salir, si lo hace muere, pero si van ellos, mueren. Además, les dice que ya las autoridades deben estar por llegar, así que comienzan a cargar todo el arsenal.
Cajones de armas, de municiones y de equipo son transportados con grúas y montados en los vehículos, que tan pronto se llenan, parten.
El policía que quedó vivo, el agente López, escondido en un pasillo, tiene el dedo en el disparador de la MP5. Es el arma, a aparte de una pistola que todavía le queda munición. Trata de asomarse y ver qué puede hacer, pero advierte que hay delincuentes vigilando, esperando a que se asome.
Son momentos crueles para López: si sale lo matan, si se queda donde está, ¿dónde queda el sentido del deber? Entonces piensa que mañana podrá seguir cumpliendo el deber, pero de momento, prefiere salvar su vida.
Además, se dio cuenta de que los delincuentes no van por él. Se da cuenta de que no les costaría mucho liquidarlo pues está lastimado. A pesar de que no ha recibido ni un balazo, los impactos que absorbidos en su chaleco lo tienen al borde del colapso por dolor. Además, de tanto disparar, está aturdido y no oye nada.
Ya el general ha vaciado lo que había en los depósitos. Cuando se asoma, estima que lo que agarró abajo es tres veces lo que hay arriba, sin contar que entre esos depósitos está el policía que no han logrado matar y combatir allí podría causar una explosión.
Todos están aliviados pues saben que el general no va a ordenar ir por esos depósitos y el policía y ordena marcharse. Nadie canta victoria, de los 130 delincuentes que atacaron, salieron vivos sólo 30.

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