La metamorfosis de una mirada.

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Cuando se mantiene fija la mirada hacia un punto determinado; la realidad se transmuta. En una enésima mañana, café dispuesto en una mesita en el lado siniestro de mí ser, observa de reojo y con un sutil suspiro de celos al no ser besado por mis labios para ingerir su elixir líquido; a esa fotografía que mi mano diestra sostiene con encono, como tratando de aferrarme a la vida.

Mis ojos, inmersos en un marasmo visual, acuden en un acto de redención, a observar esa fotografía que refleja la ausencia de una mujer que jamás perteneció a la vida mediocre y rutinaria de quien la sostiene en su vago recuerdo, cuando todas las tardes caminaba y pasaba frente al café, me parecía, de una forma traviesa, como el viento al jugar con su frondosa cabellera negra.

Observo esos ojos que jamás la mujer (que se encuentra paradójicamente capturada en una imagen cuando caminaba con un espíritu libre), se encontró con los míos. Rozo con una sensación de culpa, propia de un ser católico que cree en el mundo de Dante; esos labios que dibujan en la comisura superior, una “y” que alimenta una esperanza de conjugación entre nosotros, como la propia letra.

Incluso, me sorprendo ante la posibilidad de ser escuchado por esa estática mujer al susurrarle ese matinal saludo que se ha transformado en un canto de oración; al notar que pende de sus orejas, unos discretos aretes. Sobre todo, descubro esa perfección de su nariz: en especial, admiro el paralelismo de esas líneas externas que dibujan su tabique. En ese punto detengo la mirada.

Pasa el tiempo, sin que yo me percate de ello. Todo se ha vuelto atemporal. La ciencia arruinaría ese esfuerzo (al parecer truncado), de que yo, aspirante a escritor, vertiera toda mi capacidad creativa, argumentando que el personaje ha entrado en un estado de dispersión espacio-temporal; según la doctrina de la física cuántica. Aceptemos esta idea que ha hecho que este párrafo se convierta en un circunloquio.

Acerco a mi pecho la foto. Bebo un poco de café. Vuelvo a observar la imagen de esa estática mujer y de repente me empiezo a preguntar sobre el posible nombre de ella. Eso hace que burdamente se vuelva un enigma. Es decir, resulta un tanto reduccionista delimitar su aurea de misterio solo por el desconocimiento de su nombre.

Jamás supe cómo se llamó, toda vez que no tuve la fortaleza y templanza para siquiera acercármele y preguntarle su nombre. Tampoco es que en aquellos “no encuentros”, en el café; me interesaba saberlo. Su presencia y esencia me bastaban para descubrir que era un ser terrenal con pecados que expiar y virtudes que descubrir.

Dejo a un lado la fotografía. Me termino el café. Me levanto y me acerco al viejo escritorio. Tomo unas hojas de papel, lo mismo que mi pluma fuente. Empiezo a meditar y posteriormente…, inicio una enésima carta que le escribo a esa mujer de la fotografía. Sé que al final, será acompañada por las otras cartas matinales que tendrán un futuro incierto, cuando el último aliento de mi vida llegue.

La metamorfosis de una mirada. | Ecency