Relato extraído de mi blog https://venasyarterias.wordpress.com
https://venasyarterias.wordpress.com/2016/07/27/lluvia/
Fente imagen: https://pixabay.com/es/lluvia-piso-agua-mojado-gotas-122691/
Después de un año viviendo en la misma ciudad, Mónica decidió mudarse y lo hizo a uno de esos pequeños estudios. Sabía perfectamente que aquella no sería su vivienda definitiva, pero así lo era todo en ese momento de su vida, temporal. El precio era algo más caro que el piso que dejaba, pero muy asequible teniendo en cuenta que se encontraba en pleno centro. Además, se ahorraba el dinero que le suponía la tan elaborada combinación de autobuses que debía tomar para llegar al trabajo, a la vez que ganaba al menos dos horas para invertir en lo que ella quisiera.
Al principio, esas horas, las dedicó a habituarse al nuevo radio de acción, visitando las tiendas de la zona, tanteando el tráfico y las idas y venidas de gente que parecía no ir a ninguna parte, pero que debían hacerlo a tiempo y ya llegaban tarde. También paseó disfrutando de la arquitectura que ofrecen los edificios antiguos en busca de actividades de ocio y cultura. Lo que menos le costó fue elegir la terraza de una cafetería donde poder relajarse y acompañarse de una bebida que variaría en función del clima y su propio estado de ánimo.
Era sin duda su lugar favorito. A veces adelantaba trabajo allí mismo, otras leía algún libro o escribía las diferentes ideas que se le pasaban por la cabeza. En muchas ocasiones se limitaba a dejar la mente en blanco mientras su vista se perdía en el infinito, a la vez que sujetaba una taza con ambas manos. Este último ritual solo lo hacía si la bebida era café. Suponía un ejercicio muy relajante sostener la taza aún humeante, mientras el tiempo se dilataba a su alrededor. Fue así, de esa manera, cuando lo vio por primera vez.
Tenía un aspecto algo desaliñado, aún así se podía apreciar que era una persona aseada. Su media melena parecía haber sido despeinada estratégicamente, dejando cada mechón rebelde en un lugar específico. Sombreaba su cara una barba que siempre era de tres días, aunque en su caso era de una semana. Vestía anacrónicamente, con un par de botas que a veces eran marrones y otras negras. Pasaba por allí cada mañana sobre la misma hora y sus inquietos ojos no eran capaz de centrarse en un punto fijo por más de tres segundos.
Pero no fue su apariencia ni nada que se pudiera observar a simple vista lo que hizo que se fijara en él, fue su armoniosa forma de caminar desacompasada, a contratiempo con el resto de transeúntes. En su constante avanzar no hallaba obstáculo alguno que le hiciera corregir su trayectoria. Podría jurar que cada paso que daba sintonizaba al unísono con el pulso de su propio corazón, por muy cursi que pudiera sonar.
La temperatura descendió drásticamente poniendo fin a la mayoría de bebidas frías. Las hojas caducas de los árboles iban redecorando el gris de las aceras. Este otoño no se presentaba en absoluto innovador y pronto hizo olvidar el recuerdo de aquellos días de asfixiante calor. Todo se iba transformando, volvía a estar de moda la ropa de abrigo y la terraza ahora estaba provista de un toldo de tela con ventanas de plástico.
Aquellas nubes presagiaban lluvia, así que fueron pocos a los que cogió por sorpresa. Mónica había traído con ella su paraguas verde y al oír como las primeras gotas impactaban contra el toldo dirigió la vista hacia el exterior de la terraza invernadero para ver cuántas personas habían sido igual de precavidas que ella.
La ceremonia de apertura de paraguas inauguraba oficialmente el otoño y entre aquel desfile apareció él, el que hacía de caminar un arte. Formaba parte de aquellos incautos que se olvidaron el paraguas en casa, pero a diferencia del resto, no corría en busca de un lugar donde resguardarse. Al menos llevaba ropa de abrigo, que ya es algo. Cuando estuvo lo suficientemente cerca Mónica quedó sorprendida al apreciar que, a pesar de la que estaba cayendo, continuaba totalmente seco.
Fue tanto el asombro que le causó que poco a poco se fue levantando de su asiento hasta quedar en pie, en un intento de poder observarlo mejor ¿Acaso repele el agua? Se preguntaba sin poder dejar de mirarlo. Daba la impresión de que hubiese estudiado y trazado un camino preciso en un instante concreto en el que las gotas no acertaban a tocarle. Estas caían justo delante o justo detrás.
Aquel que su vista no era capaz de centrar por más de tres segundos, fue a parar sus ojos a través de la ventana de plástico de la cafetería en la figura de Mónica. Uno,… conectaron miradas,… dos,… él le dedicó una sonrisa,… tres,… ella se ruborizó. Era consciente de lo descarada que había sido, pero no apartó la mirada, no antes que él lo hiciera para continuar su camino. Sin ni siquiera pensarlo Mónica dejó sobre la mesa, al lado de la infusión de hierbas a medio terminar, algo de dinero, propina incluida, y salió corriendo tras él.
Consiguió darle alcance a la altura del escaparate de una librería y, también sin pensarlo, le agarró del brazo para detenerle. No fue un tirón brusco, lo justo para que el chico se detuviese y diera media vuelta. Se quedó mirándola esperando que dijera algo, pero Mónica no sabía qué decir, no estaba acostumbrada a dejarse llevar por impulsos. Antes de que la situación se volviera más tensa él reaccionó -Estás empapada- Y es que con las prisas dejó olvidado el paraguas en la cafetería, cosa que le pasó como un rayo por la cabeza -Sí,…- Comenzó a responder tímidamente, seguido de una sonrisa un tanto nerviosa -Normal ¡Con la que está cayendo! Sin embargo tú,..- Hizo un gesto con el brazo de arriba abajo mostrando la palma de su mano para terminar la frase. Él tomó la mano que mostraba -Deberías ir a casa, cambiarte de ropa y secarte el pelo, no sea que te resfríes,…- Ahora era él quién hacía un gesto que daba a entender que no sabía con quién estaba hablando, al que ella reaccionó al instante -¡Mónica!- Continuó ella, un poco abatida, consciente de que no iba a conseguir hablar del tema que le llevó hasta allí -Tienes razón, no te preocupes, vivo aquí al lado- Miró hacia el lugar de donde venía y otro impulso surgió, esta vez por parte de él -Espera Mónica. Me llamo Luís, si quieres te acompaño hasta el portal- Tras un breve silencio, cobijados bajo el pequeño techo del escaparate de la librería, Mónica aceptó.
Luís la rodeó con el brazo y alzó la vista hacia la nada -¡Ahora!- dijo y comenzaron a caminar. Apenas les costó adaptarse cada uno a los pasos del otro. Mónica experimentó en primera persona lo que era caminar bajo la lluvia sin mojarse, al menos no más de lo que ya estaba. Aquella sensación le produjo tal estado de euforia que olvidó que hacía unos minutos Luís eludió el tema y volvió a preguntar -¿Cómo lo haces?- Sin embargo, esta vez respondió -Verás, cuando era un niño, un día volviendo del colegio me sorprendió una tormenta. Creo que me mojé todo lo que tenía que mojarme de por vida- dijo bromeando. Mónica le miró con cara de incredulidad -No, en serio- Luís siguió hablando -En principio fue así, de verdad. Después, cuando llegué a mi casa me di cuenta que olvidé coger las llaves antes de salir así que llamé insistente al telefonillo, pero fue inútil, allí no había nadie. Las carreteras estaban cortadas y el tráfico colapsado debido a la tormenta, eso hizo que mis padres se retrasaran más de lo habitual- Cruzaron la carretera antes de llegar al paso de peatones, aprovechando que el semáforo estaba en rojo para los coches y en ese momento no pasaba ninguno -Gracias a que alguien salía del edificio conseguí entrar en el portal y tal vez debí haber llamado a casa de algún vecino, pero siempre he sido una persona bastante introvertida. Decidí entonces sentarme en la escalera a esperar a mis padres-
Mónica escuchaba atenta a medida que avanzaban y quiso intervenir -Debiste cogerte un buen resfriado- Luís arqueó las cejas y apretó los labios -Así fue, aunque tengo entendido que uno se resfría debido a un virus,… imagino que el frío y la humedad propiciaron su aparición- Ambos quedaron en silencio al menos un minuto meditando sobre el dato científico expuesto, pero Luís no quiso hacer esperar el desenlace de la historia -Estuve una semana en cama, delirando, con fiebre, solo era capaz de oír a mi madre lamentarse y echarse la culpa y yo, siendo solo un niño, para librarla de ese dolor deseé con todas mis fuerzas que aquello no volviera a pasarme-
Llegaron al portal del edificio donde vivía Mónica y se detuvieron bajo la cornisa que sobresalía lo suficiente como para ofrecerles resguardo. La historia no parecía muy convincente, sin embargo ¿Para qué iba a mentir?¿O acaso esperaba oír una explicación razonable para tan extraño fenómeno? Para despejar cualquier duda ella quiso hacer un último apunte -Entonces ¿Basta con desearlo con todas tus fuerzas?- Luís era consciente de que su historia había asustado a más de una persona tomándolo por loco, pero parecía no importarle mucho -Mira, no sé cómo funciona, simplemente pasó,… Y raíz de aquello no he vuelto a tener un golpe de suerte en mi vida, así que no espero nada- El tono de su voz denotaba decepción a la vez que resignación.
Mónica no pretendía juzgar ni a él ni a su historia así que trató de relajar a Luís con un comentario -Espero que no te pase con el agua de la ducha- Ante lo que Luís no pudo evitar reírse. Le hizo sentirse mejor, en ese momento daba igual si le creía o no -En cualquier caso- Continuó Mónica -Si tú cambiaste tu suerte, tal vez yo pueda compartir la mía- Y dicho esto quedaron para verse otro día.
Desde aquella vez se habían estado viendo durante todo el mes, aunque no todos los días. A veces quedaban en la cafetería, otras iban a algún espectáculo o a algún acto cultural y en algunas ocasiones simplemente paseaban. Hablaban de su pasado, de lo que hacían actualmente y de sus proyectos futuros. Comentaban películas que habían visto, libros que habían leído o discos que habían escuchado. Cuando empezaron a intimar confesaron sus miedos, confiaron sus ilusiones y se enseñaron las heridas de guerra en eso del amor. Conectaban cuando compartían sus anécdotas personales, sus grandes hazañas y sus enormes fracasos.
El cielo se cerró gris oscuro. Mónica hacía ya tiempo que estaba esperando en la cafetería y Luís se retrasaba. Ninguno de los días anteriores de esa misma semana a la que nombraron la semana del café se retrasó tanto y, en caso de haberlo hecho, siempre avisó. Mónica miraba el teléfono móvil con impaciencia, encendía la pantalla, lo desbloqueaba y no apartaba la vista hasta que la pantalla se apagaba sola. Intentaba no pensar en la mala suerte que arrastraba Luís pero era inevitable. Su preocupación se precipitó al igual que el aguacero que comenzó repentinamente. Desde el día en que se conocieron no había vuelto a haber tormenta. Entre el fuerte ruido de la lluvia se escuchaban los sonidos sordos que hacen los paraguas al abrirse y entre todo aquel jaleo al fin apareció. Como siempre sin paraguas, caminando como si no tuviera ninguna prisa, pero a diferencia de otras veces venía sonriendo. Su cuerpo estaba totalmente calado y Mónica, sin salir de su asombro por lo que debería ser completamente normal, salió a darle el encuentro olvidando el paraguas como aquella vez.
Allí estaban los dos bajo el inmenso chaparrón, uno frente al otro. Él no paraba de sonreír y ella no tardó en hacerlo, se cogieron de las manos. El agua salpicaba sensaciones e inundados por la misma emoción se abrazaron y se besaron rebosantes de alegría. Mónica volvió a mirarlo para asegurarse del todo y se acercó a su oído -Deberíamos ir a tu casa, cambiarnos de ropa y secarnos el pelo, no sea que nos resfriemos-