Tantas cosas que decirte que las letras se me escapan por los poros de la piel. Tantos sentimientos atascados en mi garganta, pugnando por salir. Tantas penas reprimidas, tantos daños ocultados, tantos llantos ignorados.
Pero una mañana me despertó un intenso dolor, como si me desgarrara por fuera y ardiera por dentro. Me miré las manos asustada, luego los brazos y las piernas. Me quité la ropa y vi mi piel abriéndose como la tierra durante una fuerte sequía.
Un líquido oscuro, mezcla de tinta y sangre, brotaba de mí empapando las sábanas. Me quedé vacía y sin fuerzas, hecha un guiñapo sobre la cama. Mi cabeza daba vueltas y mis pensamientos flotaban sin darme tiempo a fijarlos.
Entonces te vi, parado de pie frente a mí, con una mirada vacía sin atisbo de humanidad. Al principio lo negué, alguien tan frío no podías ser tú. Pero la escarcha de tus ojos se paseó por mi cuerpo, deteniendo la sangría.
Y te fuiste desvaneciendo, llevándote tus mentiras y mi dolor se alejó contigo. Miré de nuevo mi piel, ahora resplandeciente, y me erguí orgullosa. Tú ya no estabas allí, no quedaba nada de ti.
Ahora soy yo la que vive, la que sonríe de nuevo, libre de tu recuerdo. Ya no hay nada que decir.