Como un soldado, su experiencia es la mejor maestría, pero, ¿Quién no le ha tenido temor alguna vez? El entrenamiento puede ser insoportable, una cicatriz puede convertirse en trauma. Así que, te rehúsas a seguir en esa guerra. Te inclinas al tiempo, a la preservación de tu autoestima, y a las pocas posibilidades de seguir comiendo del suelo. Que irónico, ¿no? Querer escaparte de ese “pero”. Aunque te inclines a la supremacía de la conformidad, no evitas pensar en ese límite que no llegaste alcanzar.
No hay razón para hablar en tercero, aun así, no sigo mis consejos, olvido, no tomo el camino de la impulsividad, abandonando mi falsa seguridad. Es poco temible el pensamiento de la soledad, es conforme, un refugio, un escape de todo aquello fatídico. Pero nuestra naturaleza nos obliga a pedir más, a pensar en cómo deberíamos actuar, haciendo una necesidad interactuar, dejándonos en un mar lleno de completa oscuridad, ahogándonos en un silencio desgarrador.
Aunque nos retiremos, siempre estará ese ‘yo’ pasado diciéndonos “¿dónde ha quedado esa voluntad?”, pues nunca dejamos de ser guerreros. “¿Dónde quedo ese pequeño soñador que quiso ser el mejor cirujano?” El miedo recorrer nuestro cuerpo en cada paso dado sin cuidado, haciéndonos tan predecibles, unos cobardes que fingen ser despistados.Las cenizas siguen aquí, esperando transmutarse en aquella ave tan llameante, pero la sensación, esas cadenas atadas a tus pies demuestran lo poco que estás listo para recibir los constantes azotes de la vida, no eres capaz de revivir el mismo infierno todos los días, pero suena mejor que ser un masoquista que prefiere no aprender de sus caídas.
¿Una lección? Créeme cuando te digo que falta mucho para irte a cometer errores; aprender de ello, y hacer nuevos. Porque toda voluntad se manifiesta en la desesperación, donde realmente buscaras sin esperar que destaque, donde verdaderamente desearas sin pensarlo.