Un maestro en las montañas

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Hola amantes de las historias, aquí les quiero compartir una historia basada en hechos reales, o sea como protagonista este servidor, y como fue mi experiencia en las montañas de Cuba, exactamente en la provincia de Holguín, en la zona de la Sierra Cristal. Espero que sea de su agrado, bendiciones

‎Capítulo 1: El muchacho que subió a la niebla

‎El camión dejó a Yane Adrian en el cruce de tierra roja, frente a un letrero oxidado que decía: La Esperanza — 8 km. Eran las seis de la mañana de un lunes cualquiera de 2013. Holguín abajo, caliente y ruidosa. Arriba, la sierra mordiendo el cielo.

‎A sus 24 años, Yane Adrian llevaba dos libros bajo el brazo y una carta de nombramiento que ya parecía un mapa del tesoro. No había conocido a nadie en la Dirección Municipal de Educación. Solo le dijeron: «Allá arriba hace falta un maestro». Nadie quiso darle más detalles.

‎—¿De qué grado? —preguntó él.

‎La respuesta fue un silencio incómodo y el gesto de señalar la montaña.

‎Comenzó a caminar. La cuesta era pronunciada y el morral de lona le mordía los hombros. Cada cien metros se detenía a mirar hacia atrás. El pueblo se empequeñecía, las casas se volvían puntos, los puntos se disolvían entre los árboles y el polvo.

‎A mitad del camino encontró una cuerda colgando de una rama. Alguien había atado un pedazo de cartón con una frase escrita en lápiz carbón:

‎«Aquí no llega nadie que no deba llegar. ¿Seguro que sigues?»

‎Debajo, un nombre borroso. Solo alcanzó a distinguir la última palabra: maestro.

‎Yane Adrian guardó el cartón en el bolsillo. No era supersticioso, pero algo le dijo que aquello no era una advertencia. Era una invitación.

‎Cuando por fin llegó a La Esperanza, el pueblo no era más que cuatro casas, una iglesia sin campana y un colmado con una sola bombilla. Un niño de unos siete años lo esperaba sentado en una piedra.

‎—Usted es el nuevo —dijo el niño, sin preguntar.

‎—Sí —respondió Yane Adrian.

‎El niño se levantó y extendió la mano, formal, antiguo.

‎—Somos seis en total. La escuela es allá atrás. ¿Nos va a enseñar todo?

‎Yane Adrian quiso reírse, pero no pudo. Algo en los ojos de aquel niño le impidió hacerlo.

‎—Todo —respondió, y no supo por qué esa palabra pesó tanto.

‎Esa noche, mientras desenrollaba su colchoneta en la única habitación que le prestaron, Yane encendió una vela y releyó el cartón. La niebla había empezado a bajar de la montaña, tan espesa que parecía tragarse las estrellas.

‎«¿Seguro que sigues?»

‎No. No estaba seguro.

‎Pero allí estaba. Y eso, pensó, tal vez fuera el primer día del resto de una historia que aún no comprendía.

‎Afuera, el viento trajo un rumor: alguien tocaba una guitarra desafinada en alguna de las cuatro casas. O tal vez no. Tal vez el sonido venía de más arriba, de donde la montaña seguía creciendo.

‎Yane apagó la vela y cerró los ojos.

‎Al otro lado de la pared, alguien susurró un nombre que no era el suyo.

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