Árboles (cuento)

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Estamos tan preocupados en hallar vida fuera de nuestro planeta que ni nos hemos replanteado la posibilidad de que exista dentro ya sea de una gota de agua, de una célula que se divide u origen de los lentos, pero irremediables gusanos de la putrefacción. Todo puede ser una señal de que ellos están ahí presentes, de que nos observan. En tanto miro la lluvia me pregunto cómo es posible que de todas las posibilidades nadie haya considerado a los árboles.

Aquella vez en que Mandy llegó del trabajo con la sonrisa de oreja a oreja y su anuncio de “ahora sí se va a acabar el mundo”, mamá le regañó al tiempo que ponía los platos usando un solo brazo; el otro lo tenía recogido cerca de su pecho. El mundo puede esperar a que primero se acabe el almuerzo.

Y Mandy, pese a ser mayor que mamá y haber convivido con dinosaurios, se sentó a la mesa junto con nosotros sin chistar, porque a la chancla de mi madre la respetan hasta los mismos monstruos.
Julia le preguntó a qué se debía su alegría. ¿No han visto hoy a los Guerra?, nos dijo. Mi hermana y yo negamos con la cabeza. Mamá siguió tomando su sopa en silencio. Pues cuando hoy los vean se darán cuenta de que es así.

Los dos nos miramos y lo miramos también a él, porque Mandy siempre habla en claves así de extrañas; suelta datos inconexos de la era mesozoica o cualquier otra. Una vez hasta trató de enseñarnos el idioma de una civilización perdida pero aquel alfabeto ni para atrás ni para alante podía leerse. Así que le hicimos tanto caso a su observación como a sus intentos de alfabetizarnos.
Pero cuando esa misma tarde los Guerra llegaron en su pequeño auto, parquearon justo cerca de nuestro portal y descendieron de él, supimos que Mandy estaba en lo cierto. El señor Guerra contaba los mosaicos del pavimento, inclinando ligeramente la cabeza. Su mujer, en cambio, movía la nariz y musitaba para que el hombre le escuchara:
78.08 % de Nitrógeno, 19,95% de Oxígeno, 1. 97% de CO2. Ya no hay Argón.

Para luego mascullar un “Malditos humanos” que detuvo el balancear de mi hermana y e hizo que yo dejara de engrasar la bicicleta para levantarme a escuchar mejor. Nos saludaron con una sonrisa. El fulgor solar regaló a sus ojos un destello carmín, tan fugaz, que Julia optó por continuar leyendo y solo yo les saludé.
Es la composición de la atmósfera, respondió Mandy cuando le preguntamos. Están molestos. El equilibrio se ha roto. Ahora que no hay Argón en las moléculas del aire lo siguiente será una distribución descompensada para el resto de elementos. Por eso los Guerra no son ya los Guerra ¿no notaron el brillo en sus miradas?

Son del color del rosal del patio, interrumpió mamá al poner en el librero un búcaro de cerámica que abuela regaló el día en que se casó con papá. Coloca el jarrón con dificultad, por el dolor del brazo paralítico. Tienen unas rosas tan lindas, añadió con una sonrisa nostálgica y fue directo al comedor.
Los ojos de Mandy eran color amarillo siempre que el sol daba sobre ellos. Color ambarinos, me recitificaba mi hermana que para eso está en el preuniversitario. Ajá, pero nos negábamos a creer que las rosas habían reemplazado a nuestros vecinos. Eso es lo malo, decía ella, no creer que maldad y belleza son la misma cosa.

También nos negábamos a creer que Mandy era como ellos. Mucho menos que quisiera hacernos daño, él, quien hablaba con la misma parsimonia de papá como si siempre tuviera razón. Por eso precisamente no hay que confiarmos, contestaba mi hermana, tan recelosa como el primer día.
En el centro del patio sigue erguida la mata de mangos que sembró abuelo, el padre de mi padre. Bajo ella hacemos muestras “reuniones indias” como yo le llamo. Julia dice que para tener trece años parezco muy “fiñe” al nombrar así las cosas. El árbol yace desnudo, desprovisto de todo verdor o color alguno. Mamá y Mandy organizan la sala después de limpiarla.
Mamá todavía se soprende de la sabiduría de ese hombre que dice que es mejor baldear de noche donde el aire es más denso, porque refresca más. Las plantas lo agradecen, añade. Y mamá no dice nada. Antes sí decía muchas cosas, la mayoría llorando. Ahora solo asiente, timida, cuando lo mira a los ojos. Prefiero hacerlo de día, asi recuerdo mejor con quien hablo, nos dice.

Es que Mandy sabe mucho. Cuenta historias que se sienten muy viejas. Menciona lugares, especies jamás escuchadas en clases ni vistos por Internet. Conoce cómo funciona el mar, qué hay en los cielos y cuántas capas estructuran la tierra. De una de ellas, no recuerdo bien el nombre, dice que proviene su raza, los Zerat.
No creo que las rosas los hayan matado, digo a Julia, recostados en el tronco del árbol; la brisa nocturna acaricia nuestras cabezas. Ella mira a la rama más cercana; parece la garra de una bruja. Un año atrás arrancábamos mangos de aquellos dedos negros, ahora raquíticos, que abundan en lugar de hojas. Enfrenta la realidad, contesta sin apartar los ojos de la rama.
Al día siguiente mamá nos contó que el rosal del matrimonio Guerra estaba marchito. Lo había visto al llevarles el pan a la casa. Eran unas flores tan lindas, dijo llorando. Si les dejáramos de saludarlos ¿ellos harían igual? Sospecho que no, aunque en la sonrisa que mostraran no hubiera más que sigilo.

Cuando fui a llevar la libreta de abastecimiento para comprar el gas a nuestra a Marcia Uber, la cosa fue poniéndose color hormiga brava. Marcia me recibió como siempre cuando alguno de sus clientes le visitaba. Me ofreció yogurt, preguntó cómo me iba en la escuela; alguna noviecita ¡o noviecito! Es que los tiempos han cambiado mucho, añadía con el rostro radiante.
Señora Uber ¿se puso lentillas? pregunté en un momento. Son naturales dijo, apartándose de la ventana con una sonrisa congelada. Marcia es una de ellos, dije al regresar a casa, me faltaba el aire. Con razón hoy la vi deshacerse de lo que quedaba del helecho en su entrada, añadió mi hermano. Era verdad, porque en el recibidor no vi al gigante espécimen verde del que tanto presumía.
Les dije que estaban molestos, interrumpió Mandy a nuestras espaldas. Julia dio un respingo. Realmente era molesto que se desplazara de esa forma tan silenciosa. Mi hermana le recriminó aquello por mucho que el Zerat insistiera con palabras nobles que no era su padre. Ella no le creía, en el fondo sé que no lo hacía.

Aunque fue idea suya el ponerle Mandy. Rima a mango, pero si le ponemos Mango la gente va a preguntarse si estamos locos. Yo aprobé la idea porque para algo soy el menor. A mamá le daba igual que se llamara Mandy, Mango o Mongo, mientras no se pareciera a papá todo estaba bien para ella.
Mandy sí que no estaba de acuerdo con eso. Mi nombre es Fitzierbinzz SenoBetz Sector Ganma nos repetía cada vez que mencionábamos nuestro nombre.
Los Zerat entienden de coexistencias, a diferencia de ustedes, empeñados en destruir su propia casa. La contaminación es mucha y cada vez hay menos CO2. Temen que ahora que ya no hay Argón desaparezcan otras moléculas. Entonces la solución es matarnos¿verdad?, preguntaba Julia. O mejor dicho, robar los cuerpos, así pueden regular lo necesario para vivir.

Somos más inteligentes, sí, dijo Mandy, porque llevamos milenios antes que ustedes… y claro, no todas las plantas procederían a este plan, explicó. Algunas quedarían en su posición original para balancear el ecosistema. Necesitan de los humanos tanto como ellos a los árboles.
Pienso en todo esto mientras llueve. Afuera yace, empañado tras el cristal, lo que una vez fue nuestra mata de mango, el orgullo de papá aunque nosotros nunca lo estuvimos de él.
A veces, cuando los cuatro salimos de paseo, jugamos a descifrar quién es quién. Mi hermana señala con la cabeza a alguien mientras yo adivino si es de los nuestros o de ellos. Mandy se echa a reír ante nuestra ocurrencia. La carcajada resuena y por un momento sentimos que es papá el que ríe en uno de sus contadas veces en las que el alcohol le hacía bien.

Contadas, sí, porque la mayor parte era la de volverse un animal ciego que descargaba su odio hacia mi hermana o mi madre. Como esa ocasión en que agarró un tubo de metal para darles y, para retener el golpe, mamá extiende un brazo ¿y quién iba a pensar que ese brazo quedaría para siempre muerto?
Ahora Mandy toma a mamá del que está sano. Veo apretarle tiernamente su mano, sonreírle en una promesa silente de que él nunca la lastimaría así, que era otro hombre.
Veo la lluvia caer y parece que enloquezco igual que cuando mamá gritaba por el impacto y caía al suelo. Julia lloraba mientras papá levantaba el tubo, sus ojos inyectados de sangre. Yo tomo un cuchillo de la cocina y cargo a sus espaldas. Mi padre trastabillea, la sorpresa desencajada en el rostro. Cae de frente con la hoja erguida en su espalda.

Los tres lo arrastramos hacia la mata de mango, ahora empañada por el agua que corre tras el cristal de mi ventana. Parece verlo allí, recostado sin vida con nosotros regresando a casa para pensar qué hacer con el cuerpo.
Pienso en ello y en nuestras salidas. Ahora reímos mucho los cuatro y parece que no ha pasado mucho sino que es otra vida. Mandy sonríe y su sonrisa parece sincera, aunque Julia no le cree mucho y la entiendo, porque quién iba a creerle a un padre que se aparecen en la entrada horas después de haber muerto.
Pero Mandy, o Fitzierbinzz SenoBetz Sector Ganma como dice llamarse, tiene los ojos de color amarillo. Los de papá eran café y eso me basta para creer es así. En esos paseos en que nuestros padres van por delante y yo miro su espalda, me pregunto si la herida seguirá allí o él habrá regenerado la piel.

Llueve con fuerza. Estoy nostálgico. Si muero muy joven pediré que pongan una planta de sávila sobre mi pecho. Así ella aprovechará mejor este cuerpo. Si lo hago después de cumplir los treinta, no, ahí mejor que me entierren.
Quizás los Zerat, esos seres intraterrestres que llamamos “plantas”, existan para regular un poco nuestra locura. No me molesta para nada que mis vecinos sean reales o solo un cascarón. Si son felices como nosotros, por mí, bien.
Qué exagerado ese Mandy al decir que el mundo se va a acabar: solo está cambiando. Ahora que el agua está aflojando y parece que escampa, me retiraré a hacer la tarea que hay que entregar mañana. No quiero problema con ello. Julia tiene razón al decir que la gente que se la pasa imaginando si habrá vida en otro planeta son los mismos cuyos padres recibían las peores quejas en la escuela.

Source: Diseñado con ChatGPT

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