Mi abuelo es un reptil
Mi abuelo es un reptil. Aunque mamá diga que no, yo sé que sí porque esta mañana lo vi arrastrándose por el piso como un lagarto de esos antiguos, de esos que no habían evolucionado tanto y que ahora tienen espinas, como las iguanas en el lomo o paisajes agrestes como los cocodrilos en su piel. Yo sé que sí porque aunque no tenga caparazón de morrocoy, es lento; y como el camaleón, se cambia de traje.
Mi abuelo es un reptil aunque mamá no quiere que lo repita; me quiere hacer creer que fue que mi abuelo se cayó, pero yo sé que cuando los abuelos se caen, se les parte un hueso o la dentadura les vuela lejos; en cambio yo vi a mi abuelo sacar la lengua y halar con ella a la vecina; yo vi cómo se la tragó y después se sobaba la panza como si la vecina hubiera estado exquisita.
Papá dijo que lo estuvo, pero a los veinte, ahora que se le sumaban sesenta, papá volvió a decir que no era más que pellejo y que no cree que el abuelo se la haya tragado porque a nadie se le ocurre tragar pellejo, pero lo cierto es que la vecina de sesenta no aparece y yo sé que está en el estómago del abuelo, aunque nadie me crea.
No es cierto, dijo mi hermana, mi abuelo no haría eso, deja de inventar, vas a hacer que el abuelo se enoje, se ponga triste y se vaya de casa como pasó la última vez cuando dijiste que el abuelo se había tragado a la gorda de la esquina. Mi abuelo sí se tragó a esa gorda, y no se fue porque yo dije que lo había visto, se fue porque no quería ver llorar a los hijos de la gorda que quedaron huérfanos.
Mi abuelo sabe que yo sé, pero también sabe que no me creen que se tragó a la gorda, a la sesentona y seguro a las otros viejas que nunca volvieron a aparecer. Lo extraño es que los esposos nunca denunciaron, como si quedaran conforme con la desaparición de sus viejas.