Hay veces en que no creo lo que veo, y eso que soy una vieja, a la que el tiempo ha añejado sus mejores jugos. Me cuesta creer, por ejemplo, que una mujer que tenga los senos chiquitos como una uva, quiera cambiárselos por un par de sandías, cuando todo el mundo sabe que las sandías son del suelo, su planta es un bejuco que se expande por la tierra a su gusto, porque para eso le dieron la tierra, para que la camine.
No entiendo, de verdad, cómo una mujer puede despreciar las uvas sin son más poéticas, vino y lujuria, amor y guerra, fragancia escondida en lo pequeño, si yo fuera mujer me quedaría con mis uvas pegadas al pecho que es como cargar el vino encima para dar de beber a la vida, porque si usted al mundo vino y no bebe vino, entonces a qué vino.
No entiendo, y es porque soy una uva y las uvas no nacimos para entender a los humanos, pero qué pasaría si mañana por convencionalismo social se decreta la moda de los senos pequeños, ahí si vendrán a buscarnos y no mirarán que estemos tiernas o arrugadas, intentarán arrancarnos en una invasión de manos y recogerán hasta las del suelo.
No imagino que eso pueda pasar, pero ¿y si pasara? A mí que no me vengan a ensuciar con sus cochinas manos, que lo que molesta no es que metan mano, sino que, como llegan apuradas no saben hacerlo y espaturran a uno y luego la dejan en el suelo como a una uva más de la vida. Yo exijo respeto.