Tu nombre...
Creí saber tu nombre.
Creí que ese era real,
no una mentira.
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Sin embargo, entiendo la razón
de tu proceder hacia mí.
Tú no confiabas en mí,
y a mí no me interesaba que lo hicieras.
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Me siento insultado en mi propia inteligencia.
Te subestimé cuando no debí haberlo hecho;
fue un craso error que nunca creí cometer
de nuevo en menos de poco tiempo.
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Todavía en mi hombro tengo la herida
punzante dolora infringida en defensa,
el recordatorio de que tú, humana,
eres más fuerte de lo que aparentas,
a menos que también hayas mentido en eso.
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Tu nombre...
Ahora sé cuál es tu nombre.
