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En la pequeña habitación de una casa ubicada en un barrio cerca del Centro, María Elena se encontraba sentada en su hamaca, contemplando la ventana que daba al patio.
Desde ahí podía escuchar los distintos ruidos nocturnos del Centro Histórico. Música, bailes, gente conversando en las mesas de restaurantes; el aire fresco de la lluvia reciente parecía calmar un poco los calores veraniegos.
Su corazón se encogía ante la magnitud de la situación. Pronto se quitaría de aquel lugar que siempre formó parte de ella, de la zona que la vio nacer y crecer. Que aquellos ruidos que formaron parte de su paisaje auditivo pronto dejarían de existir en aquella nueva vida de lucha.
La nostalgia la golpeó con dureza. Su anciano abuelo, recién fallecido, solía disfrutar mucho de las tardes tranquilas parado en la ventana de la casa que restaban cerca de la iglesia, contemplando los colores del atardecer. No eran de salir mucho, pero al menos solían pasar la tarde viendo películas.
Ahora él no estaba. La muerte súbita lo había reclamado. La dueña de la casa ya estaba preguntando cuando todos se mudarían. Los conflictos familiares se habían agudizado, y ella, en medio de todo, luchaba por conseguir trabajo aunque fuera de docente.
Se sintió sola y perdida, pero sabía que necesitaría usar su ingenio para salir adelante en medio del duelo. En la nueva casa tendría que hacerse cargo de conseguir comida, de ver de dónde diantres tenía que sacar dinero en lo que encontraba un empleo estable con un sueldo que le permitiera contribuir, aunque en su fuero interno esperaba ganarse el número de la lotería que ella compró.
Rogaba a Dios que se sacara ese dinero para aliviar todo y adquirir una vivienda lo antes posible para ya cortar de tajo con todo conflicto antes de que su salud mental se drene por completo y el anhelo por una muerte rápida se apodere de ella.
Pero ella sabía que nada sería fácil. Que hay que tener paciencia hasta en la búsqueda de trabajo. Que tendría que sacrificar días de descanso y horas de sueño para poder lograrlo. Sabía que eso valdría la pena…
¿Pero a qué costo?