Relato: Recuerdos de confrontaciones amargas

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Un encuentro tenso


Fuente de la imagen: Pexels

Janos Caracalla, capitán de la guardia imperial en el Imperio Orioniano, miró con seriedad a Juliana Vetala Potosí-Harris, esposa de su ex mejor amigo Marcus Junius Vetala.

Los dos se encontraban sentados en la mesa de una pequeña cafetería en Amarna, capital del planeta desértico Folka. Janos había ido a buscarla hacia ese planeta con la intención de entenderla y, como un acto de redención, extenderle una mano amiga.

No podía culparla de pensar que él había viajado hacia Folka para terminar el trabajo sucio; Janos se había ganado esa fama desde que entró en funciones como capital de la guardia. Muchos críticos y disidentes del gobierno han llegado a acusarlo de ser un mercader de la justicia, pues siempre colocaba la balanza a favor de los poderosos a pesar de los crímenes aberrantes que cometieran en contra de otros a cambio de dinero. Estas acusaciones arreciaron tras la fingida muerte de Juliana, quien resultó ser una figura popular en la Periferia, zona de la capital imperial que era residencia fija de disidentes, intelectuales, escritores, críticos, mercaderes, artistas, contrabandistas y prostitutas. Juliana solía llevar víveres a los orfanatorios, se involucraba en intensos debates sobre política y era tanto musa como mecenas de distintos artistas.

No faltó quien dijera que Caracalla, una vez más, había demostrado que su justicia solo estaba al servicio de los poderosos; a pesar de que Juliana era la esposa de un general políticamente bien posicionado, su supuesta muerte recibió un carpetazo luego de escasos tres meses de investigación. Las acusaciones sobre su conocimiento del autor intelectual y material del presunto asesinato eran tan brutales que no solo reforzaron la percepción generalizada existente respecto a la corona imperial, sino que también obligó al emperador Lyonekes III a apartarlo de su cargo por un tiempo y encargar la investigación al general Hanis Bey, jefe del servicio secreto particularmente famoso por su naturaleza despiadada. Los resultados de la investigación arrojaron que, si bien Marcus no ordenó la muerte de Juliana, sí había contemplado esa opción en su momento, dado que la joven era un estorbo para él en la reconquista del corazón de la favorita del emperador, Helena Padernekis.

Herido en su orgullo y su honor, hizo todo lo posible por ganarse la confianza del emperador y demostrar su fidelidad al imperio. Llegó al grado de sugerir que Marcus probablemente le había pagado a un mercenario para asesinar a Juliana de forma discreta y sin sospecha.

Marcus se enfureció, negando toda acusación y aseverando que, a pesar de todo, nunca se atrevería a hacerle daño a Juliana. Janos lo puso en duda, argumentando que Marcus siempre trató con frialdad e indiferencia a Juliana, llegando hasta burlarse de ella en complicidad suya y de Helena.

Aquella confrontación solo fue la primera de muchas que sucedieron después, llevando su amistad a una ruptura irreparable y dolorosa que le hizo ver a Janos que Marcus solo lo consideraba como un instrumento a su antojo, y no como un amigo.

"Marcus y yo hemos roto nuestra amistad a raíz de tu... muerte", comentó Janos mientras bebía un sorbo de café. "Él... Él realmente demostró dónde se encontraban sus verdaderas lealtades, en especial cuando noté que no lloró tu muerte".

"Era de esperarse", respondió Juliana, sarcástica. "Nunca quiso a nadie que no sea su amada Helena".

Janos bufó ante dicha remarcación.

Helena, siempre Helena; lo primero y lo último que Marcus evocaba cada día de su vida. El poder seductor de aquella mujer era tal que Marcus había hecho toda clase de pésimas decisiones con tal de contentarla.

Janos comprendía a la perfección que había amores que era mejor ignorar y dejar ir para evitar más dolores de cabeza. Y Helena era uno de esos amores por múltiples razones, pues no solo era la favorita del emperador, sino la amante de varios miembros de la corte, entre nobles y militares. Una mujer encantadora y de apariencia inocente con pocos escrúpulos, caprichos impulsivos y una tendencia muy marcada a menospreciar a otros que no fueran de su misma condición social. Adulaba a los nobles más cercanos al emperador; procuraba no enfurecerlos, siempre ofreciéndoles una sonrisa muy bien ensayada cuan actriz consumada.

Helena nunca le simpatizaba, aunque las apariencias dijeran lo contrario. La veía como una criatura intrigante y bravucona, capaz de arruinar vidas. Estaba seguro de que Juliana pensaba lo mismo que él; de lo contrario, no sabría explicarse cómo, con su natural determinación y valentía, pudo mantener su compostura ante la bravuconería de Helena sin caer en sus provocaciones.

De todos modos, Juliana no tenía nada que perder, ni siquiera el marido. La joven terrícola, quien había sido secuestrada por traficantes intergalácticos imperiales hace ya siete años, no albergaba sentimiento alguno por Marcus más allá de la indiferencia. Sabía que su matrimonio era solo el intento desesperado del emperador por mantener a uno de los tantos amantes de Helena bajo control; estaba consciente de que Marcus nunca la amaría y que solo la veía una segunda opción en caso de que las cosas con Helena no salieran como quisiera.

Si Juliana hubiese sido una mujer enamorada, habría caído en la desesperación por ganarse el afecto de Marcus, esperanzada a que él la mirara con ojos de amor. Pero su fuerza de carácter demostró que Marcus solo le generaba lástima y resignación. En los dos años que duró el matrimonio, Juliana esperaba al menos que le diera su lugar como esposa y la respetara; le importaba mil carajos si se acostaba con Helena o con cualquier mujer del harén imperial. Lo único que quería era eso, un poco de respeto hacia ella mientras mientras fuera discreto en su relación. Sin embargo, dado que todo el mundo, incluyendo el emperador, veía las demostraciones apasionadas de Marcus y Helena, la terrícola optó por encontrar el modo de escapar sin que el imperio la persiguiera.

El envenenamiento con Bessum, el veneno más letal de la galaxia, se presentó como la oportunidad perfecta para marcharse sin temor a ser perseguida, aunque quedó la zozobra de saber quién quería eliminarla. Ella creía que Marcus había ordenado su muerte y que Janos, como el amigo servil que era, había sido su discreta mano ejecutora. Pero Janos no era el autor de su intento de asesinato; el caso recibió carpetazo debido a la carencia de pistas que pudiera señalar a un culpable potencial.

Así se lo hizo saber a Juliana, quien, desconfiada, respondió: "No me sorprende. En esa corte todos se encubren entre sí cuando van a matar a alguien. Le sucedió a la hija de la duquesa de G, y sospecho que conmigo iba a ser así".

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