Todos los días es lo mismo: despiertas, tomas tu celular, ves tus redes sociales, te enteras de lo último que está pasando en el mundo, y luego haces tus labores cotidiana. Ves la polémica, la discusión, los pleitos virtuales; tan pronto como ves a gente preparando las bebidas de una cafetería como ves a influencers discutiendo sobre temas quizás importantes para ellos, pero que para ti es solo un tema más.
Guerras, discordias, cambios climáticos extremos, censuras, negaciones, conflictos familiares, delincuencia... Sientes que todo te apabulla, te asfixia, te deprime, te enoja, te desconcierta. Estás en plena conciencia de que tu entorno está cambiando, que debes adaptarte o morir en el intento.
Pero llega ese momento en el que no quieres saber nada de nadie, ni siquiera de ti mismo, de ti misma. Quieres desconectarte de todo, de todos. Quieres aislarte de todo, quedarte en tu mundo, desconectarte por completo de tu realidad.
De repente envidias a los locos, a los narcisistas, a los que se creen que están por encima de la ley. Anhelas tener ese nivel de desconexión, aunque estás consciente de que ellos están enfermos y que tú aún eres alguien sano de la mente, al menos por el momento, porque en estos tiempos inciertos parece que la humanidad está a punto de enloquecer.
¿Qué harás ahora, en estos momentos en el que despiertas? Quizás retomando el ritual de desconexión, consistente de música e imaginación; te imaginas lo primero que se te viene a la mente conforme escuchas canciones y melodías. O quizás estar un rato en algún juego, o quizás retomando el hábito de la lectura. O simplemente dormir y despertar más tarde.
Tantas cosas que te ayudarían a desconectarte por un tiempo de redes sociales, de las noticias del mundo, de todo, de todos, como si fuera un modo avión.
Disfrutar de los placeres más pequeños de la vida. Concentrarte en hacer algo que te gusta.
Darte un tiempo para ti. Y después regresar a la realidad, a la vida cotidiana, al mundo.
Fuente de la imagen: Pexels