Cristina contempló con curiosidad el edificio cubierto de hierbas al que había entrado por la enorme puerta de oro y plata. En su interior contempló lo que parecían ser unos nidos; en la parte central del edificio dormía plácidamente un ser de grandes dimensiones con escamas y alas. Un dragón, como bien pudo adivinar al observarle dormir.
Quisiera ella pensar que estaba viviendo un sueño, que perderse en el mar y encontrar una tierra en medio de la niebla era solo una jugarreta de su mente adormilada por el hambre. Quizás sea aquella visión un viaje del alma hasta el fondo de su mera existencia, hacia aquél mundo en el que se refugiaba mientras escribía cuentos y poemas en su blog.
Pero había algo en aquel lugar que le imprimía cierta familiaridad. Parecía como si ya había estado ahí antes, como si a aquella magnífica bestia la conocía de toda la vida.
No queriendo molestarlo, Cristina se dio la media vuelta y se retiró hacia el profundo bosque por el que había llegado desde las costas.
"¿Quién eres?", escuchó que le preguntaran.
Sobresaltada, Cristina se volvió. Delante de ella se encontraba un dragón imponente de escamas doradas y ojos verdes. La joven, tragando en seco, respondió: "M-me llamo Cristina. N-no fue mi intención molestarlos. Estoy perdida; e-es decir, no sé como llegué a esta isla. Había mucha niebla cuando me perdí en el mar. Ni siquiera sé si esto es un sueño o estoy muerta"
El dragón la miró con curiosidad. Cristina añadió: "¿Puedes ayudarme? Por favor, te lo agradecería mucho si tan solo me indicaras cómo salir de aquí. En verdad no es mi intención se una molestia para ustedes".
"Si llegaste aquí es porque tienes algo que te indicó el camino".
"¿Algo como qué?"
El dragón se acercó para mirarla con mayor detenimiento. Cristina intentó no sentirse incómoda; no quería enfurecer a aquella bestia alada.
Tras unos minutos de observación, el dragón le dijo: "Tu collar. ¿Dónde lo encontraste?"
Cristina acarició el objeto que colgaba de su cuello, un dije de rubelita. "Lo encontré en una tienda de antigüedades".
"Está cubierto de sangre el dije".
Cristina se sobresaltó. Quitándose el collar, observó el dije. En efecto estaba cubierto de sangre, pero la mancha apenas se veía. "Diantres, ¡¿cómo no me había dado cuenta?!", murmuró al recordar que, en la noche anterior, había recibido un puñetazo por parte del extranjero borracho luego de negarse a sus avances en el bar del hotel en donde se hospedaba con una amiga suya.
"¿No sabes qué es ese collar, verdad?", le preguntó el dragón.
"Bueno, es un sencillo collar de rubelita cuyos adornos me parecieron muy bonitos, aunque no entiendo qué tiene que ver eso con el hecho de salir de aquí", respondió la mujer.
"Ese collar solo lo han portado los drakae".
"¿Los qué?"
"Jinetes de dragones. Tu sangre en ella significa que has aceptado ser una".
"¿Qué...? Un momento, un momento... ¿Yo una jinete de dragón? Debes estar bromeando. Este collar lo encontré en una tienda de antigüedades".
"Más bien te eligió a ti. ¿O es que acaso no has sentido su llamado?"
"¿Su llamado?"
"Te atrajo hacia él, e impulsó que lo compraras".
Cristina se quedó callada. El dragón tenía razón: aquél collar lo había adquirido en un impulso irresistible, pero ella pensaba que era porque le parecía bonito, no que ese objeto la eligiera a ella para ser la jinete de un dragón.
Éste, mientras tanto, añadió con orgullo: "Midgard. Me llamo Midgard".
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