Hoy es viernes, inicio del fin de semana. Hoy bajo por las escaleras a tomar la vacuna de las alergias, con la mente programada para empezar un día más. Como muchas veces sucede ya, me encuentro con el cesto de la ropa sucia de una pariente cerca del lavabo de la cocina. Cesto que permanece ahí hasta que lo remueven a un lado de la silla sin respaldo. Y mi primera reacción es un Jesucristo, ¿va a lavar ahora?, con el pensamiento de que quizás la dama en cuestión tenga que salir a alguna parte o que tenga una actividad importante per se.
Sin embargo, sucede la situación contraria: No va a salir a algún lado, no tiene otras actividades prioritarias que reclamen su atención.
Simplemente está ahí porque quiere ser la primera, porque no quiere que le ganen el lugar. O sea, porque está compitiendo con los de su misma sangre.
Ahora, no tengo ni la más remota idea del por qué de esa competencia, y preferiría no averiguarlo. Esto ya lleva décadas, supongo. Quizás siempre estuvo ahí, quizás es reciente, quizás... quizás... quizás... Y miles de "quizás", miles de ideas en la cabeza acompañadas por el dolor de cabeza, la frustración, el enojo, las lágrimas, la depresión, la tristeza.
De todo y de nada.
Todos los putos días, todas las putas horas, todos los putos momentos están esas dos ahí, compitiendo para ver quién lava más, quién bebe más, quién come más, quién roba más, quién insulta más, quien se levanta más cabreada... Y puedo seguir, pero eso implicaría que me enoje, que llore, que me frustre, que me genere las ansias de comer y de dormir, que me encierre en la habitación y no salir de ahí nunca más.
Ya hasta el ojo me tiembla de pensar en la sarta de locuras que se ven en nombre de las competencias fraternas, de ser una más que la otra.
Y no diré más, porque no vaya a ser que enloquezca.
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