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La impotencia me invade
cuando las consecuencias
de una imprudencia ajena
tocan la puerta de la casa.
Muchas veces te preguntas
por qué no has impedido
que suceda ese evento,
habiendo vislumbrado las
consecuencias nefastas de tan
terrible decisión.
Al final lo que aprendes con ello
es que es mejor morirse de hambre
que tener una deuda eterna
en el que te dejas la vida.