-¿Cómo fue tu día, esposo? -murmuró Marta con timidez.
Haeghar se limitó a gruñir mientras mascaba un bocado de carne. Marta no insistió; quería evadir a toda costa cualquier conflicto con él.
Desde el día de su boda hasta la fecha, ella había estado observando el comportamiento del príncipe. La opinión que se construyó al respecto no había cambiado en nada: Él le recordaba mucho a Ivar El Deshuesado, el personaje de la serie Vikings, aunque el hombre no era tan brillante como el personaje; era cruel, despiadado y mezquino, con una clara tendencia a fingir sentimientos que no siente. La envidia era quizás su mayor atributo; no soportaba que alguien tuviera éxito en alguna misión o que hiciera algo que él no puede.
Comprendió de inmediato que su matrimonio forzado se debía, en parte, a ese sentimiento. Incluso percibió que si alguna de sus cuñadas quedara embarazada, él la forzaría a quedar igual; de darse esa situación, existía la posibilidad amplia de que él fuera estéril, aunque la culpa recaería en ella con tal de lavarse las manos.
-¿Estás bien? -escuchó que le preguntaran.
Se volvió.
Una figura femenina de piel gris, ojos rojos y de atavíos oscuros estaba detrás de ella, mirándola con curiosidad. Marta, con una pequeña sonrisa, respondió:
- Estoy un poco mareada. No me he sentido bien en estos días y creí que una bocanada de aire fresco me caería bien.
-¿Ya fuiste con el médico imperial?
-¿Eh? No. Estoy segura que no es nada.
-Debes ir. Solo para confirmar o descartar.
No necesitaba preguntar qué quiso decir con aquellas palabras.
Un embarazo no sería una buena noticia para ella. No era que no le gustaran los niños o que no quisiera tener hijos; ella siempre había anhelado ser madre, pero en circunstancias diferentes a las actuales. De confirmar su estado, estaría corriendo el riesgo de que cualquiera de los príncipes, incluyendo Haeghar, intente asesinarlos a ambos por razones de poder.
-¿Puede darme algo para abortar?-murmuró devastada cuando el médico imperial le dio la noticia.
El médico negó con la cabeza, aludiendo a que el emperador ha estado ansiando un nieto desde que sus hijos dejaron de ser niños. Marta le explicó entonces que los dos estarían corriendo peligro dada la lucha de poder que existe dentro de la familia; prácticamente correrían la misma suerte que las cuñadas del emperador cuando éste aún era príncipe.
El galeno, comprendiendo bien el punto, le replicó:
-En este caso lo que puede hacer es decírselo al emperador de manera privada. Él la enviaría a una de las lunas del Más Allá, donde pasaría tranquilamente su embarazo sin peligro alguno. Y le aconsejo que se lo dijera también a su esposo.
-No. No confío en él. Utilizará al bebé para mostrarse en ventaja frente al resto de sus hermanos.
-¿Entonces qué piensa hacer, princesa? No podrá ocultarlo para siempr-
Un toque los interrumpió. Marta, aterrorizada, le pidió que dijera que era solo una infección estomacal y que requería reposo absoluto; el médico asintió y de inmediato pidió al visitante que entrara.