El olor a cera vieja y polvo atrapado en el aire siempre me recordaba que este lugar llevaba décadas conteniendo el respirar de otros. Nos habían contratado para catalogar el ala norte antes de la restauración del piso, pero casi todo el mundo terminaba deteniéndose en el mismo punto del pasillo principal, justo donde el techo de cristal emplomado divide la luz de la tarde.
Julio decía que ese vitral tenía una falla de cálculo. Según él, la estructura de hierro cedió unos milímetros durante la construcción en 1912, lo que hacía que a las cuatro de la tarde las figuras de vidrio no proyectaran sombras rectas, sino una especie de mapa torcido sobre el parqué. Yo no creía que fuera un error. Si te quedabas debajo de la araña de cristal, mirando hacia arriba hasta que te doliera el cuello, podías notar cómo las piezas rojas y amarillas habían sido cortadas con un grosor desigual a propósito.
Aquella tarde, mientras anotaba en el cuaderno las condiciones de la mampostería, oí el chasquido sordo del bronce ajustándose arriba. Era un sonido mínimo, fácil de confundir con el crujido de las maderas secas, pero suficiente para hacerte levantar la vista.
—No toques la cadena todavía —le grité a la sombra que se movía cerca del andamio, pensando que era uno de los electricistas.
Nadie respondió. Solo el haz de luz filtration atravesando el polvo suspendido, marcando una línea clara entre el frío del salón y el calor leve que guardaban las tulipas de cristal. Dejé la lapicera sobre la mesa de trabajo, con esa sensación incómoda que te queda cuando sabes que una habitación es demasiado grande para estar solo en ella, pero demasiado antigua para estar verdaderamente vacía.
Foto(s) tomada(s) con mi smartphone Samsung Galaxy S22 Ultra.