El viento de las dos de la tarde soplaba tibio y traía olor a asfalto caliente. Me senté en el banco de cemento verde, ese que tiene los bordes despintados y un par de baldosas flojas que siempre te avisan cuando alguien se acerca.
Saqué el pancho de la servilleta de papel. Tenía una montaña desproporcionada de papas pai por encima, de esas finitas que crujen apenas las mirás y terminan desparramadas por las rodillas. Al lado, la botella de gaseosa con la etiqueta medio despegada transpiraba gotitas frías que escurrían despacito sobre la mesa rústica.
Miré hacia el fondo: la pared de ladrillos visto se veía roja y reseca bajo el sol directo, y la bolsita de residuos atada con alambre que alguien dejó al costado completaba la postal de cualquier mediodía gris de semana.
Afuera, la palmera chiquita proyectaba una sombra tímida sobre el piso rojizo. Le di el primer mordisco al pan y pensé que, por lo menos durante esos diez minutos, el mundo podía esperar afuera.
Foto(s) tomada(s) con mi smartphone Samsung Galaxy S22 Ultra.