El mate ya estaba tibio al costado de la notebook, pero no quería moverme para reponer el agua. Afuera, en el departamento, el ruido de la avenida Rivadavia retumbaba leve entre las persianas. Eran poco más de las siete de la tarde cuando entró su llamada.—¡Mija! ¿Me ves?
Espera que no sé dónde le di a esta pantalla...Mi mamá no cambia. Diez años llevo de este lado del mapa y las videollamadas con ella siguen teniendo esa dinámica de torpeza entrañable. Siempre le toma tres intentos enfocar lo que quiere mostrarme, peleando con la cámara frontal como si fuera un aparato mañoso.
—Te veo, mami. Quédate quieta que se mueve todo —le dije, acomodándome los audífonos.
De pronto la imagen giró. La pantalla enfocó el piso de granito granate y blanco, pulido por años de pisadas, y esa escalera de descansos anchos con la baranda de madera gastada. Al fondo, las puertas amarillas del ascensor de toda la vida, con sus bordes despintados, y la reja de metal que siempre chillaba al cerrar.
El tiempo se detuvo dos segundos.
Reconocí hasta las baldosas beige de la pared. En esa esquina me quedaba de adolescente esperando que bajara mi hermano para ir acolegio; en esas escaleras me senté la tarde que me fui, rodeada de maletas, sintiendo cómo el calor sofocante de Maracaibo me pegaba en la espalda mientras trataba de no llorar antes de subir al taxi.
—Mirá dónde ando —susurró, y a través del parlante se filtró el zumbido seco del aire acondicionado del pasillo y el chirrido lejanísimo de una cotorra—.
Bajé a buscar la correspondencia y me acordé de ti. Sigue oliendo a la cera que le pone el señor Ramón al piso, ¿te acuerdas?—Claro que me acuerdo...
Me quedé mirando la pantalla sin pestañear. Es raro cómo la memoria funciona con la arquitectura. Uno cree que olvida el día a día, pero ves la inclinación exacta de una reja o la sombra que proyecta la luz sobre los escalones a última hora de la tarde y estás de vuelta ahí. A miles de kilómetros, sintiendo el peso de diez años en las espaldas, pero con la sensación de que si estiraba la mano podía tocar la textura rugosa de la pared.
—Bueno, déjame subir que este calor no se aguanta —dijo riendo, y la pantalla volvió a cambiar para mostrar su cara sonriente.
Cerré la llamada minutos después. Me quedé mirando el mate frío en la mesa, escuchando el tráfico porteño allá abajo, sintiendo esa mezcla rara de nostalgia apretada en la garganta y una paz extraña por saber que, pase el tiempo que pase, la entrada de mi casa sigue intacta esperando.
Foto(s) tomada(s) con mi smartphone Samsung Galaxy S22 Ultra.