La cortina del living ya no caía con la misma gracia de siempre; el dobladillo inferior se había empezado a deshilachar de tanto que un gato inquieto se agazapaba detrás para saltar sobre las sombras. Sobre la pequeña mesa cubierta con el mantel a cuadros blanco y negro, la calabaza redonda y firme ocupaba casi todo el espacio, desprendiendo ese olor dulzón y terroso tan típico de octubre.
Simba, con su pelaje dorado brillando bajo la luz tibia del atardecer, lucía insoportable y elegantemente formal. La corbata oscura con estampado de calabacitas naranjas le quedaba apenas un poco torcida, un detalle mínimo que delataba el forcejeo de cinco minutos antes para ponérsela sin salir trasquilado. Estaba sentado bien derecho, con esa expresión de juez implacable que solo los gatos de nueve años logran perfeccionar, como si estuviera a punto de reprobarle el año entero a cualquiera que se cruzara por el pasillo.
Al doblar la esquina, el silencio de la casa se rompió con el crujido sutil de una pata al pisar mal un cartón. Simba ni siquiera parpadeó; solo giró levemente la oreja izquierda, midiendo las distancias con la precisión de un viejo zorro. La calabaza, a su lado, parecía más una socia silenciosa en un complot vecinal que un adorno festivo. El aire olía a café recién molido y a la humedad típica de una tarde de primavera porteña que jugaba a ser otoño.
—No me mires así —le dije frenando a medio camino—. La corbata fue idea tuya, o al menos eso pareció cuando te dejaste poner el elástico sin rasguñarme los nudillos.
El gato emitió un bufido bajito, una mezcla de fastidio y resignación felina, y acomodó las patas delanteras con una prolijidad exasperante. Las cortinas traseras se mecieron apenas con la brisa que colaba la ventana entornada, y por un segundo, entre el mantel ajedrezado y el brillo naranja de la calabaza, la cocina entera pareció detenerse, esperando a que el verdadero dueño de casa diera la orden de empezar la noche.
Foto(s) tomada(s) con mi smartphone Samsung Galaxy S22 Ultra.