Dios proveerá

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Era un martes cualquiera, de esos en los que uno camina contando los días que faltan para el cobro. Traía apenas unos billetes sueltos en el bolsillo, lo justo para un café y el pasaje de regreso. De pronto, el ruido sordo debajo del auto anunció lo inevitable: una vibración horrible, olor a quemado y el motor que se apaga en medio del tráfico.
Al arrastrarlo como pude hasta el taller más cercano, el diagnóstico cayó como agua fría. La pieza rota costaba una pequeña fortuna y el mecánico fue implacable: sin el repuesto no había forma de moverlo, y dejarlo estacionado ahí acumulaba tarifa por día.

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Miré la cuenta del banco en el celular. Los números apenas rozaban tres cifras. La única opción que quedaba estaba al fondo de la billetera, ese plástico negro que juré no volver a tocar hasta saldar las cuotas anteriores.

Respiré profundo, cerré los ojos por un segundo esperando que por algún milagro la terminal rechazara la transacción o saliera algún cupón del cielo, y murmuré un desesperado «Dios proveerá» antes de acercar la tarjeta al lector.

El silbido largo y el bip verde confirmaron la compra. El coche volvió a arrancar, pero el verdadero dolor de cabeza recién comenzaba.





Meme sacado del internet.

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