Recuerdo que trate de escrutar con rapidez el gesto de mis amigos. Tres de ellos: Ana Mari, María José y Genaro se disculparon y se fueron aún con la boca llena de tarta. Los siete restantes entre ellos, Pedrín, Marquitos y yo misma decidimos atravesar el jardín e ir hacia el limonero que estaba cerca de un cobertizo abandonado en busca del rastro de sangre y de aquel niño desconocido que, según había dicho Marquitos, no era como nosotros.
-Fin de la fiesta, pero Marquitos, tú nos acompañas, dije.
-Está bien, dijo Marquitos, pero yo voy detrás de vosotros.