Aunque la mañana tenía un brillo que podía imbuir alegría en todo ser vivo, la calma que reinaba no era la normal en un día tan especial. Las calles deberían de ser un vivero de gentes acabando los preparativos para los actos que estaban programados. En cambio, en esos primeros momentos de sol, la comunidad aún estaba en sus casas. La extraña noticia de la tarde anterior había descolocado a todo el mundo. Hombres y mujeres habían estado todo el día montando carpas, corrales, cercados, tiendas, auditorios y campos de deportes. Todo se hizo en medio de una feliz algarabía y solo la sombría cara de preocupación de algún trabajador de palacio parecía indicar que algo no iba bien. A pesar del buen ánimo de los súbditos del reino, algo no estaba en su lugar, y fue al final de la tarde cuando empezó a correr la noticia.
Lo que todo el mundo sentía a faltar se reveló de repente como un hecho claro a los ojos del pueblo. La princesa no había estado presente en los preparativos de la fiesta. La nota que se pregonó decía que se desconocía su paradero, pero se tranquilizaba a la población diciendo que no era más que un descuido protocolario de la anfitriona. Que no se dudaba del bienestar de ella y que por lo tanto, no solo no se suspendía ni retrasaba el inicio de los festejos, sino que se instaba a los participantes a acelerar la puesta a punto de todas las instalaciones para que en el momento de la inauguración todo estuviera listo y engalanado ante la segura presencia de la regia heredera, recordándoles que ella había manifestado su ilusión y ansias de que llegara ese día tan feliz.
Élija había pasado la noche un tanto apesadumbrado. Él era uno de tantos jóvenes que estaba en edad de optar a ser el elegido. Recordaba como ya desde la niñez jugaba con sus amigos a conquistar el amor de la princesa. Ahora que había llegado el día no quería ni pensar por un segundo que algo iba a salir mal.
Su inquietud lo despertó muy temprano y para evitar la zozobra que le daban sus pensamientos decidió levantarse. Se aseó y vistió, y sin ni siquiera desayunar, salió a la calle todavía desierta. Deambuló unos minutos por la ciudad, pero viendo el hermoso día que se levantaba y sintiendo que los malos pensamientos lo acechaban, encamino sus pasos hacia la salida de la ciudad. Pensó en distraerse paseando por el bosque con la esperanza de que al volver, al mediodía, ya todo estuviera en orden.
Abandonó la ciudad por la puerta sur, viendo de frente el sol imponente, brillando y elevándose de forma espectacular para dar inicio a un día maravilloso en la vida del reino. El astro rey se encontraba en ese momento sobresaliendo justo por encima del pinar que formaba el bosque del margen izquierdo del camino. Zigzagueando a su derecha, avanzaba el rio con su suave rumor y su juego caleidoscópico de brillos.. Este dominaba todo el valle; a su derecha se encontraban los grandes campos de cereales, verdes y surcados por rítmicas ondulaciones producidas por el viento suave matinal; daban la impresión de ser un mar en calma.
Élija era unos pocos años mayor que la princesa. Era, a decir de las chicas, un buen partido, no solo por ser buen mozo sino también por su carácter responsable y trabajador, lo cual no le quitaba de ser un chico alegre y un tris alocado. Pero desde el día que acompañó a su padre a efectuar unas compras a la capital y la casualidad quiso que sus pasos se cruzaran con los del cortejo real, que realizaba una visita informal por las calles de la ciudad, todas aquellas chicas desaparecieron de su vida. Pudo ver, en aquel extraordinario momento, la cara pecosa y enmarcada por unos rizos cobrizos de niña despierta y curiosa, sobre la que resaltaba una sonrisa juguetona bajo unos increíbles ojos esmeraldas. Elija quedó de tal forma prendado por su belleza que ya desde ese instante empezó a prepararse para la fecha de inicio de las festividades nupciales de la princesa.
Habían pasado ocho años desde aquel día y Elija estaba emocionado por volver a ver la cara de la princesa que le robó el corazón siendo un niño. Así andaba con sus recuerdos de la niñez, con la ansiedad de los preparativos en los que iba a participar y con ese pinchazo en el alma que fue la noticia de la tarde anterior, cuando le dio por girarse a mirar el trecho recorrido. Vio con sorpresa que muy a lo lejos se divisaban las impresionantes murallas de la ciudad. Se sorprendió del largo tiempo que había estado andando absorto en sus pensamientos y lo mucho que se había alejado de la capital. Ya en ese punto, el bullicio que se suponía que habría en las calles no era perceptible. Solo se oía el murmullo del rio y el canto frenético de los pájaros. Giró su mirada hacia el bosque, hermoso y sombreado por las copas frondosas de los altos pinos. Se deleitó con el maravilloso tapizado verde que cubría el suelo del que solo brotaban algunas rocas aquí y allá como si las hubieran puesto para dar asiento al caminante y decidió seguir el paseo adentrándose en el bosque.
Caminó durante un tiempo observando a los pájaros; el movimiento furtivo de alguna liebre; los colores hermosos de las mariposas; los troncos imponentes de los pinos. En medio de su éxtasis unos puntos rojos sobre el verde lienzo le llamaron la atención. Deshizo los metros que le separaban con curiosidad para descubrir unos frutos rojos grandes, carnosos y aromáticos. Fresas. Cogió un par y se las llevo a la boca. Saboreo aquella dulzura ácida y se preguntó por el sabor de los labios carmesíes de la princesa y los imaginó dulces y carnosos. Ese paralelismo y el no haber desayunado, lo llevo a andar recogiendo las fresas que iba encontrando. Siguió el rastro de las fresas por un buen rato hasta que sintió apaciguar el hambre. Entonces, de nuevo, su atención volvió a las maravillas del bosque.
En un primer momento admiró aquel entorno libre de maleza y con grandes pinos elevándose y protegiendo a las especies más bajas del formidable sol de mediodía. Pero luego se sintió desorientado. Había estado recogiendo fresas de un lado a otro sin seguir ninguna dirección. Ahora no sabía hacia donde quedaba el camino; no oía el ronroneante caminar del rio; y las copas de los pinos no le dejaban ver la posición del sol, que le hubiera ayudado a orientarse.
Andó unos metros desconcertado, subió una pequeña pendiente con la esperanza de ver algo que le sirviera de referencia, pero siguió todo oculto por los frondosos pinos. A lo lejos vio un claro iluminado y pensó que desde allí vería el sol. Pensando en volver al pueblo con sus compañeros y seguro de que la princesa ya estaría en el castillo dispuesta a dar el inicio de las festividades, deshizo la distancia que le separaba del claro. Pero al entrar en aquel salón natural, lo que vio lo paralizó de cuerpo y mente. El tiempo se detuvo mientras la sorpresa recorría su columna vertebral. Su mirada fija en un punto pedía a su cerebro una explicación de lo que estaba viendo. No podía creerlo; no daba crédito a sus ojos.
(Continuará)
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(2) La princesa encantada | Ecency
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