Mi pelea con Neruda.

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Él comenzó a seducirme con sus poemas. Yo puse resistencia escudandándome con el libro de Cohelo. Él insistió, y entre sus sonetos y odas logró llamar mi atención. La batalla fue desproporcionada, él, con su dilatada trayectoria y un Nobel nombre que no era suyo, detuvo mi andar por la acera de las novelas y me condujo a la vereda de la poesía -fue trampa-. Dije un nombre que no era suyo, y es que de Ricardo Neftalí a Pablo hay varios suspiros de diferencia.

Me descubrió en una librería. Salía yo de una función de cine con una de esas mujeres de las que con diez centímetros más que los míos -sin incluir tacón- roba mis suspiros y me hace faltar a mis clases. Azul de portada y quiniento de páginas se erigió supremo ante mis veintiocho cumpleaños llenos de novelas y vacíos de dinero. Lo abrí para darle celos a García Márquez, y con su poema a Bolívar se me insinuó: me hizo dudar -confieso- así como de mi cordura, dudé de las piernas largas que me acompañaban. Luego vino su poema de las preguntas y, cual quinceañera enamorada, me rendía a sus encantos. Ciento veinte de los devaluados costó, los pagué al mismo tiempo que Vargas Llosa me daba la espalda por traidor. La espiga dejó de dudar y en su mente afirmó que ese día no habría cama, tal vez dos besos le daré para cumplir como hombre -pensé- total, de esas hay muchas.
Cara a cara nos vimos: yo queriendo dar la batalla, él presumido con sus poemas. Lo ataqué en principio con mi desdén y a la biblioteca fue a parar; me respondió jugando con mi curiosidad y mientras la de brazos largos ofendía mi virilidad comencé a leerlo. Habló de Valparaiso y Quevedo, al momento que sonreía por su triunfo . Yo, derrotado y recordando a la de los labios gruesos, lo lancé al buró; acto seguido la de los ojos café quitaba sus tacones para no estropear mi cama, sus largos brazos amarraron mi torso y yo, siempre débil, caí ante su metro setenta de pasión.
Creí haberlo vencido cuando mi ropa nuevamente vestía, pero su prepotente sonrisa me abofeteó al recordarme que fue por leerlo y aprender de él que asombrosamente esa mujer, esa, la alta y bella, de tacones altos, piernas largas, brazos largos, labios gruesos, ojos café y pícara sonrisa, se interesó en mi: ¡Gano Neruda!


Pablo_Neruda.jpg
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Mi pelea con Neruda. | Ecency