La mayoría de nosotros desde la niñez luchamos para ser aceptados, la razón primordial es porque vivimos en una sociedad que nos obliga a competir y no nos permite por ningún motivo fracasar.
La causa más común es porque pasamos la mayor parte del tiempo tratando de que las personas valoren nuestro esfuerzo, nos admiren, nos digan públicamente lo extraordinario que somos y nos aplaudan.
El día que no lo hacen o nos critican nos sentimos derrotados, inservibles, sobre todo cuando vemos a otros tener los halagos que nosotros nos merecíamos y por lo que tanto hemos luchado.
La razón principal de este patrón de conducta, es porque no sabemos el por qué de nuestro empeño de querer ser reconocidos, de quien debemos realmente ser reconocidos, cuáles son las cosas verdaderamente importantes que merecen reconocimiento, y por último, qué tipo de reconocimiento necesitamos.
Y el tipo de reconocimiento que realmente necesitamos:
El que ni el óxido ni la polilla corroen.
El que edifica o nos hace crecer.
El que sólo un ser supremo puede dar.
Quien reúne todas estas condiciones es Dios, la Biblia dice: “Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en Él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna” (Juan 3: 16) y lo único que espera de nosotros es fe, porque nada podemos hacer para ganarlo o merecerlo.